Un estudio del CSIC revela que los niveles contaminantes varían según la hortaliza

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EFEAGRO.

Investigadores del CSIC y de la Universidad Politécnica de Barcelona detectan residuos de fármacos, metales y otros químicos en hortalizas cultivadas en el área metropolitana de Barcelona, aunque no suponen un riesgo para la salud

cultivo

Uno de los cultivos estudiados por los investigadores en el área metropolitana de Barcelona. /CSIC

Investigadores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y de la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC) han detectado residuos de fármacos, metales y otros compuestos químicos en hortalizas cultivadas en el área metropolitana de Barcelona, aunque en concentraciones bajas que no suponen riesgo para la salud humana.

Un equipo del Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (Idaea-CSIC) y del Departamento de Ingeniería Agroalimentaria y Biotecnología de la UPC ha analizado y comparado los niveles de contaminantes en hortalizas de dos parcelas periurbanas, regadas con agua del río Llobregat, y de una tercera situada en el Parque Natural del Garraf, regada con agua de un pozo.

Los investigadores han analizado la presencia de contaminantes en las partes comestibles de lechugas, tomates, coliflores y habas de las tres parcelas seleccionadas y han concluido que no hay diferencias significativas entre las hortalizas regadas con agua del río Llobregat y las regadas con agua de pozo del Garraf.

Sí han detectado diferencias, en cambio, en función del tipo de hortaliza, ya que los tomates son los que tienen unas concentraciones más elevadas tanto de metales pesados como de contaminantes orgánicos, según el trabajo, que publica la revista ‘Environment International’.

Los investigadores han detectado concentraciones que van desde niveles no detectables hasta los 17 miligramos por kilo de peso en el caso de los metales pesados, y hasta los 256 microgramos por kilo en el caso de los contaminantes orgánicos.

No obstante, los niveles medios de contaminantes “son bajos y no suponen un riesgo para la salud”, ha señalado el investigador del IDAEA-CSIC Josep Maria Bayona, que ha dirigido este trabajo.

Aun así, los científicos han recomendado investigar más para identificar la acumulación de productos potencialmente peligrosos e incluirlos en el control de calidad de los alimentos, como ya se hace con los agentes fitosanitarios.

Igualmente, aconsejan también más estudios para evaluar el riesgo sanitario por presencia de microorganismos (virus y bacterias resistentes a antibióticos).

El trabajo ha analizado hasta 33 contaminantes orgánicos, como plaguicidas, tensioactivos, fármacos, retardantes de llama y otros productos de origen industrial que acaban en las aguas residuales, y 16 metales pesados, que se hallan de forma natural en el suelo a niveles muy bajos, como el cadmio o el arsénico, aunque la contaminación industrial los ha aumentado a niveles mayores que en algunos casos podrían suponer un riesgo.

Entre los compuestos detectados en los vegetales, están la carbamezapina (fármaco anticonvulsivo para tratar la epilepsia), el bisfenol A (un plastificante); el plomo o fungicidas de uso agrícola como el dimetomorf.

Víctor Matamoros, codirector del estudio e investigador del Idaea-CSIC, ha puntualizado que “aunque en estudios anteriores hemos visto que el agua de riego puede contener una gran diversidad de contaminantes orgánicos, no todos son captados por la planta, ya que hay numerosas barreras que deben atravesar antes de llegar a ella: el suelo, las raíces, el metabolismo de la planta”.

En este sentido, añade que “el suelo y el microbioma asociado a las raíces, o rizosfera, juegan un papel muy importante como barrera, degradando e inmovilizando los contaminantes”.

Por otro lado, el estudio ha puesto de manifiesto que las prácticas agronómicas también influyen en la presencia de contaminantes, como los fungicidas que se aplican a las plantas o los plastificantes como el bisfenol A, presentes en los tubos de riego.

Otra posible fuente es la contaminación acumulada de años pasados: la presencia de plomo, por ejemplo, tiene relación con el amplio uso de este metal en el pasado y su dispersión al medio ambiente.