La sanidad vegetal, una cuestión de supervivencia

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Por MANUEL ARRUFAT (*)

La Comisión Europea (CE) ha designado recientemente los cinco centros o consorcios que ejercerán como laboratorios de referencia europeos (EURL) en materia de sanidad vegetal, y ninguno es español

sanidad vegetal

España no se ha postulado para ninguno de los cinco nuevos laboratorios de referencia de la UE para plagas y enfermedades. / CGC

España es el tercer exportador mundial de frutas y hortalizas, por detrás de China y EEUU pero el primero de la UE. Holanda, con una superficie inferior a la de Aragón, supera a nuestro país —a las cifras acumuladas por España, Italia y Portugal juntos, para ser más exactos— en facturación de productos alimentarios (frescos o transformados). En cítricos, concretamente, disfrutamos del liderazgo continental y mundial pero en ese ránking Holanda —sin una hectárea dedicada a mandarinas, naranjas o limones— es el quinto/sexto mayor operador internacional. Dos modelos antagónicos concurren pues en Europa: el uno apuesta por el sector primario, es productivo y competitivo en el exterior, el otro lo es tanto o más pero no atiende al origen de los productos pues su negocio es fundamentalmente la distribución alimentaria: tan pronto nos compra cítricos como se los trae de Sudáfrica o Egipto para revenderlos.
En ese terreno en el que las importaciones juegan un papel clave, el valor supremo no es la sanidad vegetal, lo es la seguridad alimentaria, que es lo que exige la gran distribución. Por decirlo más claro, las cuestiones fitosanitarias que en España quitan el sueño a agricultores y cosecheros/exportadores, en los Países Bajos son las consideradas barreras al comercio que merman su negocio portuario y de reexpedición a supermercados centroeuropeos.

El modelo agrario de la UE es el más exigente en cuanto a seguridad alimentaria y sostenibilidad. La regulación comunitaria en materia de pesticidas, por ejemplo, bien refleja esta doble realidad: los productores apenas disponemos de sustancias activas porque la inmensa mayoría de ellas han sido retiradas por su toxicidad, ecotoxicidad o riesgos medioambientales. La lucha contra las plagas y enfermedades es ya harto complicada, más aún cuando —además de limitarnos los productos que podemos usar— se controla tanto la dosis, los plazos de seguridad, las condiciones generales de uso, la formación de los aplicadores, la mitigación de problemas en la manipulación… para así reducir los residuos y otros tantos riesgos a la mínima (millonésima, más bien) expresión. En estas condiciones, la entrada de patógenos foráneos a través de frutos o de material vegetal importado rompe ese precario equilibrio. Seré más específico: evitar que se instale en nuestros campos bacterias que aún no sufrimos en los cítricos como el HLB (Citrus greening), la cancrosis (Citrus canker) o la Xylella (la que provoca la Clorosis Variegada en otros países); de hongos como el que desarrolla la Mancha negra (Citrus Black Spot) o de insectos como la Falsa Polilla (Thaumatotivia leucotreta) no puede ser considerado como un riesgo asumible sino como una prioridad absoluta porque está en juego nuestra propia supervivencia como sector.

Ven pasar el tren

La UE ya había dado importantes pasos para asegurar que una alerta en seguridad alimentaria o de sanidad animal pudiera contar con un laboratorio de referencia europeo que acreditase con solvencia la amenaza y permitiera una rápida y efectiva reacción. España mantiene, de hecho, hasta cuatro centros con tal condición comunitaria líder: dos sobre enfermedades ganaderas y dos sobre alimentos (incluido el de residuos en frutas y hortalizas, que no en vano gestiona la Generalitat Valenciana). A Bruselas le quedaba avanzar en esa tercera pata sanitaria que se refiere a los vegetales en la que España, por todo lo expuesto, debiera de haberse situado a la vanguardia. Llegado el momento de subirse a este tren, nuestras autoridades se limitaron a verlo pasar: de los cinco laboratorios de referencia europeos ahora designados —insectos y ácaros; nematodos; hongos; virus y bacterias— ninguno es español. Y lo que es peor, ni siquiera se intentó que lo fuera porque no se presentó candidatura alguna.

El IVIA —que hoy sigue ostentando la condición de laboratorio nacional de referencia para bacterias y virus en cultivos leñosos— o la Universidad Politécnica de Valencia —que lo es para virus en cultivos no leñosos así como para hongos— bien podrían haberlo intentado. La Comunidad Valenciana, con esos cuatro centros nacionales de referencia de los seis existentes en materia de sanidad vegetal, podría haberse beneficiado de los programas europeos que seguro financiarán su actividad y del acervo que generaría recibir muestras de posibles patógenos de toda Europa. El sector, por su parte, huelga decir que estaba del todo interesado en que técnicos cualificados de una zona productora y sensible como la nuestra fueran los encargados de fijar los métodos analíticos, los sistemas de diagnóstico o la manera de muestrear más exigente en todos los puertos y campos europeos sobre cuestiones tan sensibles como las citadas. De eso y de formar sobre todo ello al resto de laboratorios nacionales de referencia del resto de la UE.

De liderar a ser liderados, de poder marcar la pauta en las cuestiones fitosanitarias de las que dependen nuestro futuro a que sean centros procedentes de países fundamentalmente importadores quienes nos la marquen.

El falso positivo y la mancha negra

El problema de la laxitud de las inspecciones portuarias europeas, de la disparidad de criterios técnicos o de la falta de sensibilidad, cualificación o medios para poder realizarlas ha sido motivo de conflicto recurrente en nuestro sector. Tampoco contribuye a dar mayor tranquilidad el hecho de que en la puerta de entrada europea más importante de frutas y hortalizas de países terceros —el Puerto de Rotterdam— la inspección fitosanitaria la realice, no funcionarios independientes sino, por concesión administrativa, una entidad privada (KCB) cuyo consejo de administración está conformado enteramente por los propios importadores de frutas así como por la gran distribución de los Países Bajos (Central Bureau for Food Trade, CBL).

El 24 agosto de 2015, por citar otro ejemplo ilustrativo ciertamente grave, inspectores oficiales portugueses apreciaron en una finca del Algarve síntomas sospechosos de HLB. Los primeros resultados de las pruebas llegaron ¡dos meses después! y dieron positivo. El 5 de noviembre, por el contrario, uno de los laboratorios hoy designados como de referencia europeo (ANSES) en sanidad vegetal arrojó un resultado negativo y pese a las dudas existentes sobre la enfermedad, que es de cuarentena y de declaración obligatoria (e inmediata), las autoridades lusas no se decidieron a comunicarlo a las comunitarias hasta el 10 de diciembre. De la caótica gestión de aquella crisis habla por sí solo el tiempo que Brasil —una de las potencias citrícolas más aquejadas y por ello más experta en HLB— tarda en destruir las plantaciones afectadas: desde que se notifican los síntomas, se hacen las pruebas de PCR hasta que se arranca y quema pasa una semana. ¿Se hacen cargo ahora de la importancia de tener un laboratorio de referencia europeo solvente y comprometido?. Pues bien, en caso de que tal cosa volviera a ocurrir en Europa, el positivo de una bacteria como la citada lo tendría que confirmar ahora un consorcio liderado por un laboratorio, cómo no, también holandés: el NVWA.

En casa o al otro lado del Mediterráneo

Pese a la pasividad de las autoridades españolas o valencianas en este asunto de los laboratorios, la “vigilancia activa de los resultados de los controles fitosanitarios a nivel europeo” fue una de las 16 acciones del paquete de medidas propuestas por el Ministerio de Agricultura para tratar de atajar la crisis citrícola que ha estallado en la presente temporada. No en vano, han sido los positivos dados por laboratorios nacionales tras el análisis de muestras realizadas en los controles portuarios europeos los que nos han permitido confirmar cuán cerca se encuentran ya dos de las principales amenazas fitosanitarias para la citricultura europea. Gracias a tales controles hoy sabemos que, por mucho que los sudafricanos se empeñasen en tratar de acreditar que la Mancha negra no se podía aclimatar al Mediterráneo, este hongo ya se ha extendido por Túnez. En idéntico sentido, la falta de un tratamiento de frío como el que solicitamos (sin éxito) para los envíos a la UE para así evitar que se extienda la Falsa polilla ha debido facilitar que esta se asentara también al otro lado del Mediterráneo, en Israel. Y lo sabemos porque, de igual forma, se ha detectado tal insecto en diversos rechazos portuarios europeos. El vector (que no la enfermedad) del HLB, por su parte, se sigue extendiendo por Portugal y es probable que también accediera a la Península en una importación desde el puerto de Setúbal (Lisboa).

El IVIA ya colabora con las autoridades lusas en la suelta de un parasitoide que es enemigo de este insecto. Que no ocurra como con los laboratorios de referencia europeos y que la falta de interés o de recursos sea una cortapisa para el éxito del programa.

 

Manuel Arrufat

 

 

(*) Presidente del Comité de Gestión de Cítricos