‘Nimiedades’ fitosanitarias que cierran y abren puertas

VICENTE BORDILS

Los requisitos fitosanitarios frenan en muchas ocasiones el acceso a mercados.

Bordils

 

 

Artículo de opinión de Vicente Bordils, presidente del Comité de Gestión de Cítricos (CGC).

 

En 2005 el Gobierno logró un acuerdo para facilitar el acceso de los cítricos españoles a China. Aquel duro protocolo pactado fue celebrado a bombo y platillo. El entonces ministro de Comercio, José Montilla, vendió la apertura de la mejor manera que un político es capaz: con una proyección a largo plazo, por ejemplo a diez años, con una previsión comercial de ésas que impactan y se rentabilizan hoy porque en política no existe un mañana. Cumplido holgadamente ese plazo, en el momento presente nos hemos contagiado del optimismo del ministro porque hemos triplicado los envíos y lo hemos hecho este año por tercera campaña consecutiva. En efecto, acabaremos esta temporada con cerca de las 20.000 toneladas, mejor si cabe, tal cosa servirá para consolidar nuestra oferta en un mercado emergente, muy complicado y exigente. Sí, han pasado doce años y ya podemos hablar de facturaciones millonarias en el gigante asiático. Pero de ahí a llegar a los 660 millones de euros que Montilla auguró en 2005 que íbamos a generar por estas fechas media un abismo, es más, probablemente necesitaremos varias ‘décadas prodigiosas’ más para alcanzarlo.

Con Japón ocurrió otro tanto. Como en el ca­so chino, tiene un gran peso demográfico (127 millones de habitantes por los 1.300 del gigante asiático), elevado poder adquisitivo, goza de una clase media robusta y disfruta de precios atractivos. Una panacea, vamos, por muy lejos que esté. Y así se vendió cuando en 1996 se autorizó la importación de naranjas Navel y Valencia, más aún, cuando en 2004 se ampliaron los permisos para las clementinas españolas. Hoy el listado de países terceros a los que vendemos es extenso, compuesto por hasta 67 estados, pero la primera potencia citrícola del mundo no ha sido capaz de colocar en la presente temporada, ni en la anterior, ni en… ni un sólo kilo en el país nipón.

Artículo Vicente Bordils

Y sigo repasando con un tercero de dimensiones no menos colosales: La India. En enero de 2009, la vicepresidenta del Go­bierno, María Teresa Fernández de la Vega, encabezó una delegación al país asiático. En rueda de prensa celebrada en Bangalore, la también diputada por Valencia hizo balance de la visita: un convenio de cooperación científica, diversas concesiones a constructoras españolas y un inminente acuerdo para abrir el mercado a los cítricos españoles. La vicepresidenta obtuvo más titulares por el logro con los agrios aún no consumado —“está pendiente de aspectos fitosanitarios”, se dijo entonces— que por el resto de acuerdos. Diez meses después, en noviembre, los convenios para intercambios tecnológicos se habían firmado, las obras públicas se habían iniciado pero el protocolo fitosanitario seguía sin llegar. Algunos operadores ya tenían importadores indios y seguían pendientes de ‘aquellos detalles’ para exportar las primeras naranjas españolas. Pero debo decir que hoy, tras realizar en el año 2015 una prueba piloto para el envío de un contenedor, seguimos sin poder vender un sólo kilo tampoco a La India.

El nexo de unión de los tres casos expuestos es evidente: son plazas lejanas pero con un gran potencial demográfico y de negocio. El segundo elemento común podría pasar más desapercibido: son también potencias citrícolas con una cultura de consumo asentada. China es líder y acapara el 24% de la cosecha mundial, Japón produce 900.000 toneladas de mandarinas y La India es la quinta mayor productora, con un tonelaje similar al español. Es entonces cuando uno repara en una tercera obviedad bien conocida/sufrida en nuestro sector: más allá de la UE, los mercados más interesantes son muchas veces potencias productoras (piensen también pues en Estados Unidos —el tercero—; en Brasil —el segundo— o en México —el cuarto—) y acceder a tal demanda pasa entonces por cerrar condiciones no tanto comerciales como fitosanitarias que sean viables, las que se juzgue necesarias para proteger al sector local de nuestras plagas.

Los ‘siete’

Recapitularé ahora ya para sentenciar: de los siete mayores mercados citrícolas del mundo (de los que más tonelaje propio generan y manejan) para nuestro país es en la práctica imposible acceder por razones fitosanitarias y no tanto comerciales, a tres (India, Japón, México); languidece a causa de este mismo motivo (del exigente protocolo) y de la emergente producción local de mandarinas californianas, en Estados Unidos; y sólo crece a buen ritmo en uno, China, y mantiene cifras considerables en otro (Brasil, otras 20.000 toneladas). Como para tomarse pues el tema fitosanitario a broma, como aquellos “aspectos técnicos” sin importancia a los que aludía la vicepresidenta que aún hoy están sin resolver, siete años después.

Llegado este punto cabría referirse a una de las grandes debilidades pero también motivo del liderazgo de la citricultura española: un 93% de nuestras exportaciones se dirigen a la UE. Esa bendición que ha supuesto participar del mercado único tiene otra cara: dependemos de nuestros clientes más tradicionales y no hablamos ahora de mercados, sino de supermercados e hipermercados. Nuestros negocios se sostienen gracias a esas grandes cadenas pero con ellas, en términos de rentabilidad, llevamos muchas veces las de perder porque el poder negociador de nuestra oferta —atomizada— es mínimo a la hora de defender precios frente a una demanda, la suya, muy concentrada.

Ese 7% de exportaciones que van más allá de las fronteras de la UE es clave pues nos permite descongestionar los circuitos que sí dominamos pero en los que cada día resulta más complicado asegurar la rentabilidad. Cada punto de más en ese porcentaje supone una inyección a nuestra competitividad. Y necesitamos muchas de esas dosis porque nuestra dependencia de Europa es si cabe mayor que en el resto del sector hortofrutícola español y está muy alejada de la media del sector alimentario, que logra canalizar el 28% de su comercio exterior más allá de los Veintiocho. Sin embargo, cada país que ‘colonizan’ los cítricos —quizá también el vino— es terreno abonado para que después lleguen otros cultivos, otros alimentos españoles.

Pero en este mundo que empequeñece a marchas forzadas, quedan aún grandes plazas lejanas a reconquistar que, por no ser productoras, no necesitan superar el obstáculo fitosanitario. Y entre ellas me tendré que referir al séptimo mercado (que no había olvidado) y que debería citar, que llegó en 2012 a ser el primer país destino no comunitario para España, Rusia. En este caso, la excepción, sí nos topamos con la política, con la guerra comercial desatada tras la crisis de Ucrania y el veto ruso al agroalimentario europeo.

Corrijo, la política lo es casi todo. Cuando España lidia con esas ‘pequeñeces’ fitosanitarias para abrir mercados lo hace sola y cultivo a cultivo, sin mayor peso negociador que el propio. Cuando España se la juega en su mercado principal —la UE—, en cambio, es Bruselas quien fija  las condiciones para prevenir la posible entrada de plagas procedentes, por ejemplo, de Sudáfrica. Y los Veintiocho tampoco consideran esas ‘nimiedades’ fitosanitarias —auténticas amenazas para la citricultura española— con las que sí nos solemos dar de bruces al querer exportar fuera de ella.

Información publicada en la edición impresa de Valencia Fruits del 21 de marzo.
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