Cuando los granos de una granada son garbanzos (negros)

Hispatec otoño 2022
Laiguant Lainco
Bioibérica CT

Estos días se habla mucho de lo púnico, nombre de una operación policial que tiene que ver con un árbol cuya especie se llama precisamente “púnica”: el Punica granatum o granado.

lineaapoyos

Marco Poncio Catón, llamado Catón el Viejo o Catón el Censor, terminaba todos sus discursos con la misma frase: “ceterum censeo Carthaginem esse delendam”, que significa “por lo demás, creo que Cartago debe ser destruida”. Lo fue, en el año 607 ab Urbe condita (146 antes de Cristo), en la tercera guerra púnica. Fue destruida por completo.

Hubo romanos que creyeron que esa destrucción, contra todos los pactos suscritos entre Roma y Cartago tras las dos primeras guerras púnicas, atrajo sobre Roma una maldición. Si ustedes releen “Yo, Claudio”, de Robert Graves, encontrarán al comienzo una profecía que el autor atribuye a la sibila de Cumas, cuyo primer verso dice “Punica centenos durabit poena per annos”, que puede entenderse como que el castigo, o maldición, púnico duraba ya cien años cuando Cayo Julio César se hizo con el poder.

Antes de nada debía haber dicho que “púnico”, según el Diccionario, es “natural de Cartago”, en cuanto a las personas, y “perteneciente o relativo a esta antigua ciudad de África”. Púnicos eran, pues, los cartagineses, que eran descendientes de los fenicios. Éstos se llamaban a sí mismos cananeos, pueblo que sale mucho y muy maltratado en la Biblia, seguramente porque eran quienes estaban en la Tierra Prometida (Canaán) antes de la llegada de los judíos. Los griegos les llamaron phoinikés, y de ahí fenicios, por un lado, y púnicos, por otro.

Los púnicos, o sea, los cartagineses, eran el gran rival de Roma en el Mediterráneo occidental, de manera que era inevitable que acabasen como acabaron. Pero los cartagineses tuvieron tiempo de colonizar el sudeste español, de fundar Cartagena, de traernos los garbanzos.

Los romanos no apreciaban demasiado los garbanzos, aunque los conocían bien; el nombre de familia de Cicerón, “Cicero”, significa precisamente garbanzo. Se ha dicho muchas veces que en una obra de Plauto aparece un personaje llamado Pultifagónides, que excitaba la hilaridad de los espectadores porque comía garbanzos. Se ha aceptado así, y “pultifagónides” equivale a comedor de garbanzos.

En realidad era comedor de puls punica, especie de gachas o de polenta (del latín puls, pultis), que, no lo olvidemos, era la base de la alimentación romana. No la polenta de maíz, claro está, sino la hecha con farro, espelta, trigo o cualquier clase de harina, entre ellas, por qué no, la de garbanzos. Al final va a resultar que el bueno de Pultifagónides comía una especie de hummus.

En fin, estos días se habla mucho de lo púnico, nombre elegido para una importante operación policial que no tiene nada que ver con los cartagineses, sino con un árbol cuya especie se llama precisamente “púnica”: el Punica granatum o granado.

El granado es originario de Asia, de la zona comprendida entre Persia y el Himalaya. Fue llevado a Roma por los fenicios, que ya hemos visto que son los púnicos, y se quedó con su nombre. Es un árbol con muy buena prensa, como su fruto; los griegos creían que el primero había sido plantado por Afrodita, y contaban que seis granos de granada ofrecidos por Hades fueron la perdición de Perséfone (también conocida como Proserpina).

La granada tiene muchos usos culinarios: aporta un toque agridulce y, sobre todo, es muy decorativa. Su zumo es delicioso. En casa la usamos en ensaladas de invierno, porque combina muy bien con la escarola, que es la reina de esos platos invernales. Escarola, granada, algún fruto seco (mi preferido aquí son las nueces), un aliño de aceite virgen y limón, el clásico toquecito de ajo que tanto agradece la escarola, y después las proteínas que usted prefiera. Va muy bien el salmón, mejor marinado que ahumado, pero también queda muy bien en esta compañía el jamón de pato.

Los púnicos, como ven, nos dejaron cosas la mar de satisfactorias, aunque el garbanzo haya sido cruelmente atacado por autores del prestigio de Alejandro Dumas padre o de Julio Camba; pero es inútil, en España está tan arraigado (en el cocido, en los potajes) que la expresión “ganarse los garbanzos” equivalió mucho tiempo a ganarse la vida.

Como ven, en estos tiempos está en plena vigencia aquella famosa amenaza de Fernando el Católico cuando Muley Hacén le dice que en Granada ya no se acuñan monedas de oro y plata para pagar las alcabalas: “yo arrancaré, uno a uno, los granos de esa granada”.

Me temo que hemos de estar de acuerdo, esta vez, incluso con el tacaño Catón; no hay que destruir ya Cartago, que de eso ya se encargó, aunque parece que contra su voluntad, Escipión Emiliano, pero sí que hay que sacar de la circulación a unos cuantos “cartagineses” que son protagonistas de una curiosísima mutación: han conseguido una granada que, en vez de granos, alberga garbanzos negros, que, por supuesto, hay que arrancar, nos da igual si uno a uno o todos juntos. Qué tendrán que ver éstos con gente como Aníbal Barca, por favor.