El Secretario técnico del Colegio de Ingenieros Agrónomos de Levante, Pepe Carbonell, cuenta su perspectiva sobre la feria berlinesa de este año

Pepe Carbonell (*)
No soy consultor ni analista de tendencias. Soy ingeniero agrónomo y he pasado tres días caminando sin prejuicios por Fruit Logistica intentando ver las cosas que no están en las estadísticas, pero sí en los pasillos, así que si tuviera que quedarme con una sola palabra, acuñaría esta: snackización.
La snackización de las frutas y hortalizas es que todo tiende a hacerse pequeño, fácil e inmediato. Parece que la fruta ya no es solo algo del postre; es algo que se consume a cualquier hora y en cualquier lugar. Y eso implica un cambio profundo.
“Quizá todo esto tenga que ver con que los cuchillos del IKEA no cortan” dije de broma en uno de los corrillos. La broma no oculta una serie de hechos irrefutables: parece que gana la fruta que puede consumirse con facilidad, sin necesidad de tomarnos nuestro tiempo para pelarla y cortarla. En ese contexto, cualquier cuchillo es bueno y las berries y las uvas juegan con muchísima ventaja. Pero también pimientos, pepinos o tomates pequeños, listos para comerse en crudo con enorme facilidad, sin pepitas, sin incomodidades.
Creo que todo esto es una magnífica noticia para la salud y para los productores. El calibre ya no está en el foco y se amplía al cómo se come y cuándo se come. Más variables, más oportunidades.
En paralelo, hay otro fenómeno abrumador: las “variedades de marca”. Variedades diferenciadas —y protegidas— que han sabido ocupar un espacio propio. No sé si fue antes el huevo o la gallina, pero lo cierto es que responden a lo que el consumidor demanda: tamaño adecuado, sabor constante, textura agradable, vida útil suficiente y atractivo visual. Han buscado su hueco en el mercado —o el mercado se lo ha hecho porque el producto ha gustado—, pero no parece que se dejen llevar por la inercia y defienden su posicionamiento a capa y espada.
Por otro lado, asistimos a una auténtica explosión de color. Dentro de los tamaños convencionales, la variedad de formas y, sobre todo, de colores es espectacular. El nuevo color también tiene premio.
Vi poca hoja clásica y un despliegue notable de setas. No parece sea una moda pasajera. Las setas encajan perfectamente en las nuevas dietas, pero también en las tradicionales. Son versátiles, tienen buena percepción nutricional y aportan sabor. Da la sensación de que han venido para quedarse. Otra oportunidad.
Dentro de las tecnologías “duras” vivimos lo que podríamos llamar la “googleización” de las soluciones: máxima accesibilidad, más intuitivas, pago por uso, plataformas digitales y servicios en la nube. Hay dependencia, sí, pero también una versatilidad enorme y haciendo accesible el último avance. Todos podemos aspirar a todo, el coste ya no es una barrera de entrada.
En los pasillos, la etiqueta ecológica parece integrarse en un paraguas más amplio: la sostenibilidad entendida de forma integral. Lo ecológico existe, por supuesto, pero se inserta dentro de un discurso que abarca toda la cadena de valor. ¡Ah!, y el envase se ha convertido en parte del producto. Otra oportunidad sobre la que tenemos mucho que decir.
Si miramos el contexto internacional, es evidente que algunos países han reforzado su presencia con propuestas coherentes y a escala. Desde la última vez que estuve, Egipto y Turquía han dado pasos más que visibles y Marruecos muestra su estrategia sin complejos y es un competidor directo. Países Bajos está a otro nivel en todos los sentidos. Pero creo que tampoco descubro la pólvora. Esto debería estimularnos a mejorar —lo más rápido posible— nuestras estructuras y nuestro relato.
Aunque España empieza a presentar —tímidamente— un discurso más coherente como territorio, todavía nos queda camino. Y aquí aparece una cuestión interesante: la diferenciación entre marca y territorio. Vemos grandes marcas que viven con identidad propia y se adaptan con enorme agilidad, mientras que la marca territorio avanza más despacio. Y ahí, justo delante de nosotros, se abre una oportunidad gigantesca que pasa por establecer un vínculo entre producto, paisaje y valores de una forma más decidida. Pero sin localismos, que nos conocemos.
La escena fue reveladora: patatas expuestas en vitrinas, iluminadas como joyas, porque dotar al producto de identidad propia y diferenciada es pura inteligencia comercial, así que resulta inevitable pensar en nuestra colección de joyas y en todo lo que nos queda por hacer.
El frío y el periplo de la vuelta, mejor no recordarlos.







