La agricultura sostenible: ¿el camino hacia el futuro?

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Más del 20% de los gases de efecto invernadero provienen de la producción agrícola convencional, este dato evidencia la necesidad de encontrar un modelo rentable, social y respetuoso con el medioambiente

La agricultura evoluciona hacia modelos sostenibles más allá de las modas. / ARCHIVO

Elisa Benavent. Redacción.

¿Quién no se ha encontrado por lo menos una vez enfrente de los estantes de fruta y verdura de supermercados, en los que carteles y etiquetas anunciaban una sección dedicada exclusivamente a los productos ecológicos, y, al ver los precios, ha preferido apartar la vista?

Los productos ecológicos se reconocen fácilmente por el sello correspondiente y esto, de alguna manera, hace pensar al comprador que aquello que está comprando ha sido elaborado a partir de procesos sostenibles y naturales, sin químicos ni fertilizantes. Por eso, al ver el precio, el consumidor entiende que conseguir que los alimentos lleven su propio ciclo natural significa inevitablemente que le toquen un poco más el bolsillo, aunque no siempre opta por meterlo en el carro de la compra, quizás con un poco de remordimiento por no poder contribuir, por ejemplo, a frenar el cambio climático.

Los sellos no engañan, los productos pueden ser ecológicos o bio, pero esto no significa que obligatoriamente sean sostenibles. Existe una gran diferencia entre estos conceptos que, probablemente, pase desapercibida para la mayoría de nosotros. La propia Unión Europea no encuentra la distinción entre estos dos términos y en el Reglamento (UE) 2018/848, que es el que regula la producción y el etiquetado de productos ecológicos, se consideran sinónimos.

Los sellos no engañan, los productos pueden ser ecológicos o bio, pero esto no significa que obligatoriamente sean sostenibles. Existe una gran  diferencia aunque pase desapercibida para la mayoría

Sin embargo, la distinción entre ambos tipos de agricultura resulta necesaria para entender el contexto actual. Dicho de manera breve y sencilla, la agricultura, para ser sostenible, debe cubrir las necesidades alimentarias de las generaciones presentes y futuras y mantener la economía del sector agrario sin poner en peligro la salud del medioambiente ni la cantidad de recursos naturales. En esta definición, por tanto, no se entiende la agricultura sostenible únicamente como “ambientalmente sana”, sino también como económicamente viable, por lo que entra también en juego una perspectiva rentable y social de la agricultura.

Con tal de conseguir esto, la agricultura sostenible debe ser un sistema de prácticas agrícolas basado en innovaciones científicas que permitan producir alimentos saludables con prácticas respetuosas para el suelo, aire y agua y que, además, respeten los derechos de los agricultores. Según Eduardo Moyano, ingeniero agrónomo e investigador del Instituto de Estudios Sociales Avanzados del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), “la agricultura sostenible no tiene por qué ser ecológica, pero sí debe ser eficiente, permitiendo atender la demanda de alimentos y, al mismo tiempo, reducir el impacto ambiental y los costes asociados al consumo de recursos. Todo esto sin que se disparen los precios”.

Que uno de los ejes de la agricultura sostenible sea no contribuir a la degradación medioambiental ni a la contaminación no debería extrañar ya que el uso convencional de las tierras de cultivo es responsable de aproximadamente el 20% de las emisiones de gases de efecto invernadero y, para más inri, del consumo del 70% de agua a nivel mundial. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), un tercio de toda la producción agrícola global se desperdicia y, sin embargo, alrededor de 700 millones de personas pasan hambre.

¿Podría ser la agricultura sostenible la herramienta para alcanzar las dos grandes metas de la humanidad en el siglo XXI: erradicar la hambruna mundial y reducir las emisiones de gases de efecto invernadero a cero? Aunque este camino hacia el futuro solo se ha empezado a recorrer en los últimos años, el sector ya está intentando adaptarse a este nuevo paradigma y, así, han surgido diferentes modelos y técnicas de agricultura sostenible para hacer frente a estos dos grandes retos.

Agricultura convencional

La agricultura convencional, entendida como el estadio más avanzado de la agricultura tradicional, es aquella que ha sabido adaptarse a la evolución tecnológica y a las prácticas contemporáneas. Sin embargo, deberíamos remontarnos a la época de la Revolución Industrial para entender por qué este tipo de agricultura ya no resulta ni eficiente ni beneficiosa para la humanidad.

Cuesta pensar que, durante siglos, el cultivo de vegetales no necesitaba de pesticidas ni fertilizantes para cosechar unos buenos tomates. Los procedimientos eran naturales y se empleaban los propios recursos del campo en un circuito prácticamente cerrado. Pero, con la llegada progresiva de la industria agroquímica, se empezaron a utilizar fertilizantes y abonos químicos para aumentar la productividad y rentabilidad.

Aunque alcanzar altos niveles productivos supuso poder satisfacer elevadas demandas de alimento, la utilización intensiva del método desembocó inevitablemente en la contaminación de espacios naturales y del agua, el deterioro de la tierra y desequilibrios en la biodiversidad a consecuencia de los herbicidas y pesticidas. Se crea así un círculo vicioso: la resistencia natural de las plantas a plagas y enfermedades se deteriora, para combatirlas se utilizan plaguicidas y productos herbicidas y esto provoca cada vez más agresiones de parásitos, lo que obliga al incremento de productos químicos para combatir estos parásitos. Y vuelta a empezar.

A partir de los años 70, viendo el aumento en el uso de productos químicos y las grandes cantidades de agua empleadas en la producción agrícola mundial, se hizo evidente que el sistema productivo ponía en grave peligro los recursos existentes y que era necesario desarrollar sistemas alternativos de agricultura más acordes con las necesidades actuales. Así dio sus primeros pasos la agricultura sostenible.

Ahora, por ejemplo, cada vez más son las propias empresas fitosanitarias de pre- y postcosecha las que se esmeran por hacer sus productos químicos y fertilizantes más sostenibles, para que se degraden fácilmente y no destruyan la flora microbiana.

Los cinco mandamientos

Así, en contraste con la agricultura convencional, la sostenible se sustenta sobre una serie de mandamientos que la FAO clasifica en cinco puntos:

  1. Mejorar la eficiencia del uso de los recursos es crucial para la sostenibilidad de la agricultura.
  2. La sostenibilidad requiere acciones directas para conservar, proteger y mejorar los recursos naturales.
  3. La agricultura que no logra proteger y mejorar los medios de vida rurales, la equidad y el bienestar es insostenible.
  4. La agricultura sostenible debe aumentar la resiliencia de las personas, de las comunidades y de los ecosistemas, especialmente al cambio climático y la volatilidad de los mercados.
  5. La sostenibilidad de la alimentación y la agricultura necesita mecanismos de gobernanza responsables y eficaces.

En la práctica, esto se traduce en mejorar la calidad medioambiental, mantener la fertilidad y calidad del suelo, preservar la pureza del agua, hacer un uso eficiente de las fuentes de energía no renovables y adaptarse a los ciclos naturales biológicos, así como apoyar el desarrollo económico rural y la calidad de vida y laboral de los agricultores.

Ejemplo de ello sería utilizar plantas leguminosas fijadoras de nitrógeno en lugar de fertilizantes, emplear pesticidas naturales y no químicos o adoptar la labranza cero en lugar de arado. En el uso de agua, la agricultura sostenible utiliza métodos como agua reclasificada y sistemas de riego por goteo enterrados, que limitan el flujo de agua evitando desperdiciar así los recursos naturales.

Por su parte, los agricultores deben anticiparse a los cambios, saber actuar en consecuencia (por ejemplo, en la incorporación de recursos renovables como la energía eólica, solar o hidráulica en lugar de petróleo), maximizar la calidad en las etapas de actividad agrícola y saber que las granjas sostenibles son, ante todo, negocios en los que el beneficio obtenido se puede reinvertir internamente o para otros fines sociales o ambientales.

Además de las numerosas ventajas a nivel medioambiental y en la salud de las personas, el aspecto social adquiere especial relevancia cuando a través de la agricultura sostenible se fomenta la mano de obra, proporcionando más empleo que la agricultura mecanizada intensiva y reforzando las economías locales y regionales.

Cuatro modelos, una sola meta

Como consecuencia del ya mencionado impacto ambiental de la agricultura en el planeta, han surgido hasta cuatro modelos distintos dentro de la agricultura sostenible, pero que comparten un mismo objetivo: conservar los ecosistemas naturales. En esta clasificación se encuentran la agricultura biodinámica, la permacultura, la producción integrada y la agricultura ecológica.

Empezando por la última, la agricultura ecológica es la más extendida en Europa y la base de los demás modelos, también es el único modelo legislado por la Unión Europea. Se basa en el uso exclusivo de las prácticas de cultivo sostenible que ayudan a preservar la biodiversidad del suelo e impiden su devastación. Está totalmente prohibido el uso de fertilizantes y fitosanitarios químicos, pero sí se permiten pesticidas naturales para combatir plagas y malas hierbas. Por otra parte, los alimentos producidos de acuerdo a estas leyes de producción ecológica deben identificarse mediante el sello europeo.

Como consecuencia del impacto ambiental de la agricultura en el planeta, han surgido hasta cuatro modelos distintos dentro de la agricultura sostenible

En la agricultura biodinámica se da más importancia a la interacción entre el suelo, los nutrientes, los microorganismos y cultivos y se caracteriza por el uso de compuestos específicos de procedencia animal y vegetal y teniendo en cuenta los ciclos astronómicos para siembra, labranza, mantenimiento y cosecha. También viene reconocido por un sello, llamado Demeter, que certifica que se ha elaborado en base a las normas específicas de la biodinámica.

La permacultura, con la pretensión de remontarse a la antigüedad y mantenerse fiel a las tradiciones de los indígenas de Australia, donde se originó este modelo, se amolda al máximo a la naturaleza y sostiene que así se obtienen los sistemas más eficientes, eficaces y sostenibles. Para ello, se estudia el terreno para ver qué organismos lo habitan durante el año y se usan los recursos gratuitos de la naturaleza de manera eficiente, como la temperatura o los cambios de pendiente. No existe ningún sello para los alimentos producidos a partir de la permacultura, pues es más común en huertos domésticos o fincas pequeñas y medianas que en grandes extensiones de cultivo.

Por último, la producción integrada sería un modelo a medio camino entre la agricultura convencional y la ecológica, pues combina el uso de técnicas agrícolas tradicionales como productos agroquímicos con métodos de lucha biológica para el control de plagas y enfermedades. Pretende “minimizar” el uso de productos no naturales, pero sin que se reduzca la productividad, por lo que sería el método menos sostenible de los cuatro, porque no elimina los efectos negativos de los productos químicos, sino que los retrasa en el tiempo.

Aunque son cuatro los diferentes modelos que abarca de la producción sostenible y que, al final, comparten la misma meta, algunos han demostrado ser más sostenibles que otros y todavía se están investigando las diferentes líneas de actuación e incluso la viabilidad de estos modelos. Es el caso de la producción integrada o, incluso, de la agricultura ecológica. En ocasiones existe una idea “quimérica” de la agricultura ecológica como aquella en la que el agricultor cultiva la tierra a mano y espera pacientemente que la planta dé sus frutos.

Comparten el objetivo de conservar los ecosistemas naturales la agricultura biodinámica, la permacultura, la producción integrada y la agricultura ecológica

El ingeniero agrónomo Jaime Martínez-Valderrama lo explica así para la revista Investigación y Ciencia: “No puede ser muy ecológico un tomate que viaja en camión 3.000 km ni puede serlo un cultivo que es propio del verano y que, por una acumulación de aberraciones, resulta que se produce en cualquier época del año excepto en el verano”. Por otra parte, afirma que los tomates necesitan mucha energía y agua en los cultivos y, aunque “empezamos a estar interesados por la manera en que se producen las cosas y pagar algo más por no destrozar el medioambiente, a la vez queremos tomates perfectos, brillantes, homogéneos y que no valgan el doble”. Resalta así que las cosas serían muy distintas si realmente quisiéramos un mundo “ecológico”: “La cesta de la compra sería bastante más cara; no tendríamos de todo todo el año; seríamos más vulnerables a problemas de desabastecimiento y no existirían esos bonitos productos que refulgen en los estantes de los supermercados”. En contraposición, asegura que “comeríamos menos cantidad, adecuada a nuestras necesidades reales, los productos naturales mejorarían nuestra salud y el medioambiente estaría mejor”.

A pesar de estas contradicciones en cómo vemos el mundo ecológico y cómo es realmente en la actualidad, son cada vez más las iniciativas por adentrarse en esta nueva tendencia hacia la sostenibilidad, una tendencia que marcará el futuro de las próximas décadas. Queda así ampliamente demostrado que el camino a seguir por parte de agricultores y empresas es este y que será necesaria también una correcta legislación a nivel europeo (y mundial) para mejorar los modelos y no comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades.

Una terminología confusa. Bio, eco, orgánico, sostenible…

Según un estudio realizado por Unilever en 2016, el 64% de los españoles creía que estos términos significan lo mismo. Sin embargo, buscar el trasfondo de estos conceptos permite concluir que existen diferencias sustanciales entre ellos y que, además, el sin fin de etiquetas que forman un amplio abanico para hacer referencia a estos productos producen gran confusión en el consumidor.

Por tanto, ahora que “la moda de lo verde” es cada vez más evidente, y se suman tiendas y supermercados incorporando ese rincón ‘ecológico’, resulta necesario establecer los límites de cada concepto y a qué hacemos referencia exactamente cuando decimos que algo es natural, bio, eco, orgánico o sostenible.

Una de las principales diferencias entre la agricultura sostenible y la ecológica es que la primera no está regulada por ley, mientras que la segunda sí se rige por el Reglamento (UE) 2018/848 sobre la producción ecológica y el etiquetado de los productos ecológicos. Sin embargo, esta normativa contiene un decálogo de intenciones y propuestas interesantes, pero que finalmente solo obliga a reducir el uso de determinadas sustancias y evitar otras, por lo que deja lo ecológico lejos de lo sostenible.

Asimismo, la agricultura sostenible tiene en cuenta la extensión del terreno, que suele ser pequeño para facilitar la gestión de recursos, el transporte local y la optimización de combustibles, y no obliga a usar exclusivamente productos biológicos. Por contra, la ecológica puede sembrar varias hectáreas y solo utiliza fertilizantes bio.  Y la clave que explica la verdadera diferencia es que, en la agricultura sostenible, que respeta el medioambiente, pero tiene como principal objetivo garantizar el bienestar de las personas, se antepone que los productores obtengan beneficios económicos a conseguir un cultivo completamente ecológico.

Mientras tanto, por productos biológicos se entiende aquellos que no han sido alterados genéticamente y los orgánicos serían los que no han sido intervenidos químicamente para lograr su desarrollo óptimo. Sin embargo, que un alimento sea orgánico, no asegura que sea bio, puesto que, aunque no contenga químicos, puede elaborarse a partir de productos modificados genéticamente.  Pero, para complicar aún más la comprensión de este mar de nombres, cuando en Europa, en pleno siglo XX, empezaron a surgir alternativas ecológicas a la producción industrial, Reino Unido denominó estas prácticas como ‘organic agriculture’, mientras que Suiza las llamó ‘agriculture biologique’.

Aunque los métodos eran similares, porque renunciaban al uso de productos químicos a fin de proteger el medioambiente y a diferencia de la producción industrial, que primaba la rentabilidad y la productividad, en la década de los 90 la Comisión Europea definió, en las primeras regularizaciones específicas para la agricultura ecológica, cuál era el término más adecuado en cada idioma para referirse a ella: en español, ecológico; en inglés, “organic”; en francés, “biologique”.

Es por esto, fundamentalmente, por lo que siguen existiendo estos problemas a la hora de entender las diferencias, además de que en el Reglamento (UE) 2018/848, la UE entiende que los tres conceptos son lo mismo y que “utilizados aisladamente o combinados, podrán emplearse en toda la Comunidad Europea para el etiquetado y la publicidad de un producto ecológico”.

Muchos expertos en el sector critican este “baile de denominaciones cada vez más estrambótico”, como lo define Jaime Martínez-Valderrama, y hacen referencia a la necesidad de arrojar luz sobre este tema.

Quizás la verdadera solución esté más allá de los conceptos. Antes de entender las palabras bio, eco, orgánico y sus variantes como agroecológico, biodinámico (algo que aturde a cualquier ser humano desconocedor de esta moda), habrá que fijarse en otro elemento más importante: el sello de la Unión Europea y el organismo que ha certificado que ese producto es “natural”. Que el envoltorio sea en tonos verdes incitando a pensar que es ecológico o que la bandeja sea de cartón no significa nada, puesto que la verdadera garantía está en los sellos. ¿Será, pues, necesario un sello que certifique aquello que se produce de manera sostenible?

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