Cirilo Arnandis: “Peor que perder, es perder más”

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El presidente de Frutas y Hortalizas de Cooperatives Agroalimentaries, Cirilo Arnandis, opina sobre la inflación, la cadena alimentaria y el abandono del campo

La ausencia de rentabilidad y de prestigio social hacen que los jóvenes desistan del campo. / ARCHIVO

Cirilo Arnandis (*)

Todos estamos de acuerdo que el sector agroalimentario es básico, fundamental, estratégico y cuantos calificativos equivalentes más podamos encontrar. Durante el confinamiento provocado por el covid, fue declarado como sector esencial. A fin de cuentas, su principal función es la de abastecer de alimentos a la sociedad, cumpliendo una labor que se pasa desapercibida en muchas ocasiones, como es satisfacer la necesidad que tenemos de comer todos los días. El campo es ese entorno en el cual se producen los alimentos. Esto se nos olvida a menudo, pues creemos tener un derecho al acceso a alimentos de calidad, sanos saludables y baratos sin pensar que, para que eso ocurra, otros han tenido que generar antes una actividad que permita que toda esta magia suceda.

En los últimos tiempos, si la vida de por sí ya tiene sus dificultades, nos estamos encontrando con otra sobrevenida como es la inflación. Dicen los que saben de esto que es el impuesto de los pobres, pues lo que ocurre es que, con el mismo dinero, cada vez podemos comprar menos cosas. Muchos son los motivos aducidos para que se produzca este fenómeno, pero más allá de teorías y debates, lo cierto es que seguimos teniendo la necesidad de comer todos los días, que los alimentos cada vez están más caros, y que los sueldos no acompañan para evitar perder poder adquisitivo por parte del consumidor. En la otra parte, en el inicio de la cadena, encontramos productores de alimentos con escasas rentas, algo impropio atendiendo a la labor fundamental que realizan. Entre medias, la vitola de una cadena eficiente en la producción y el suministro de alimentos. 

Es en este contexto en el que me ha llamado la atención la referencia que la publicación “Mercados” hace a la intervención en un foro económico del que fuera ministro de Trabajo y Asuntos Sociales del gobierno de José María Aznar, Manuel Pimentel. Más allá de su titulación, ingeniero agrónomo y abogado, y de su trayectoria, lo cierto es que aborda con total realidad lo que ocurre en el campo, y las consecuencias que de ello se derivan. La frase “La venganza del campo”, es más que expresiva de lo que realmente está ocurriendo. Es algo así como un cuerpo enfermo que se olvida de ello y desatiende la pautas que debe tomar, por lo que las secuelas aparecen en forma de efectos no deseados, recordando lo que no tenemos que hacer. De momento, los alimentos y bebidas se han encarecido en conjunto un 16,6% en comparación con febrero de 2022, una variación interanual de récord. En más de veinte años no se había observado un aumento de tal magnitud de los precios de la cesta de la compra alimentaria.

El origen de ello, para Pimentel, hay que buscarlo, como primera idea fundamental, en el abandono del campo. A la vez que se habla de la España vaciada, tenemos proyecciones que ponen encima de la mesa el hecho que, de aquí a no muchos años, la mitad de la población española vivirá dentro del área de influencia de Madrid y Barcelona. La ausencia de rentabilidad y de prestigio social hacen que los jóvenes desistan del campo y busquen nuevas oportunidades y proyectos de vida en el ámbito urbano. Es en este escenario en el que los fondos de inversión están encontrando su espacio propicio para hacer negocio en un contexto eminentemente especulativo, donde su propia razón de ser, legal a todas luces, no es la permanencia en el territorio si existe cualquier otro proyecto que pueda generar mayor rentabilidad.

Otra de las razones aducidas es la de la existencia de principios antiproductivistas. En Europa, la producción de alimentos no parece ser considerada una actividad sustentada en su propia importancia, si no que más bien parece ser una más de las que se necesitan para la custodia del entorno, del paisaje y del medio ambiente. El agricultor, según Pimentel, no puede vivir en una coyuntura en la que las medidas que lo rigen están basadas en castigos, impuestos y limitaciones. Entretanto, producciones sin esas limitaciones, y por tanto con menores costes, acceden a nuestro mercado en pie de igualdad, poniendo en evidencia eso que venimos en llamar la ausencia de reciprocidad. A la vez, el ciudadano que a la vez es el consumidor, en esa creencia de un derecho a la alimentación y a que le cuiden el paisaje, sin más, exige que se produzca con esas limitaciones y esos castigos aquí, mientras se decanta por los precios de los de allí.

“Estamos empezando a ver el inicio de lo que puede pasar en un futuro más o menos próximo, y que se manifiesta en una escasez de alimentos y unos precios desbocados”

“Esto debería ser una llamada de atención para la sociedad y para los dirigentes políticos, que si bien se esfuerzan en promover un modelo energético en Europa, descarbonizado e independiente de las tensiones exteriores, paralelamente siguen dando trato de favor a competidores directos, firmando acuerdo que lastran nuestra competitividad como es el inminente caso de Mercosur”

“Si la dependencia exterior en materia energética se está viendo como un tema estratégico en Europa, no se entiende como el tema de la alimentación, mucho más básico, no genera la misma preocupación”

Podríamos seguir con más de las causas expuestas, y que se conjuran en esa venganza del campo. El desprecio hacia la producción y la falta de ayudas e inversiones tecnológicas y de capital cierran un círculo que encierra un drama del que estamos empezando a ver el inicio de lo que puede pasar en un futuro más o menos próximo, y que se manifiesta en una escasez de alimentos y unos precios desbocados. Sin rentabilidad es muy difícil invertir. Es cierto que la guerra de Ucrania ha tenido su impacto, así como las cuestiones climatológicas que han mermado muchas cosechas este año, que los abonos, los costes energéticos o el transporte, se han disparado, pero también es cierto que mientras se va conteniendo la inflación general, el precio de los alimentos todavía está a su aire. Esto debería ser una llamada de atención para la sociedad y para los dirigentes políticos, que si bien se esfuerzan en promover un modelo energético en Europa, descarbonizado e independiente de las tensiones exteriores, paralelamente siguen dando trato de favor a competidores directos, firmando acuerdo que lastran nuestra competitividad como es el inminente caso de Mercosur. Si la dependencia exterior en materia energética se está viendo como un tema estratégico en Europa, no se entiende como el tema de la alimentación, mucho más básico, no genera la misma preocupación. Entre tanto, aquí en España, se proponen medidas como topar los precios. Algo así como que, si suben los precios, pues que no suban y arreglado el problema, sin llegar a analizar los motivos que provocan ese escenario, y peor aún, sin ofrecer soluciones para que este escenario no se dé. Otras voces entienden que en una economía de mercado no se deben de intervenir los precios salvo en escenarios muy excepcionales, por lo que abogan más por la generación de cheques solidarios que permitan comprar alimentos a quien tengan evidentes dificultades. Así, la Generalitat Valenciana ha anunciado una partida de 15 millones de euros para gestionar las ayudas con las empresas distribuidoras de alimentación, y que permita el acceso a familias vulnerables.

Poner un tope a los precios supondría una nueva debacle para el campo. En el sector agroalimentario, la generación del precio final que paga el consumidor no tiene como base el valor del producto en origen, sino que se implanta en destino. Además, en un contexto en el que la gran distribución obtiene sus beneficios, no por el margen comercial entre la compra y la venta del producto, que es muy escaso, sino por el volumen de ventas,  poco margen por unidad, pero muchas unidades, minorar el margen de la gran distribución no parece que comporte muchas soluciones. Además, por la propia forma de operar la cadena alimentaria, y teniendo en cuenta que el precio va de destino a origen, y no al revés, una vez fijado, “topado” el precio en destino, supondría que cada eslabón de la cadena se descontaría su parte, siendo muy probable que al final del proceso que es donde está el productor, ya no quedaría nada que descontar. Se pone de ejemplo el tope al precio del gas, pero hay que recordar que la realidad de este sistema es que pagaremos más adelante lo que ahora no pagamos. 

Claro, entonces, ¿por qué no garantizar un precio al productor, y todo arreglado? Ya existió una PAC con esas premisas, cuya consecuencia fue la generación de excedentes productivos y un gasto desmesurado de las arcas públicas. Por otra parte, si el precio de un producto no es consecuencia del mercado, y se fija artificialmente al consumidor, puede generar, aunque sea paradójico, escasez de alimentos, pues puede dejar de ser atractivo para quien lo produce, al no obtener rentabilidad, y puede ser atractivo para otros mercados, más o menos próximos, donde el producto sea más caro. Ejemplos de ello, en economías intervenidas, hay más que suficientes, por lo que lo más efectivo es actuar sobre las causas y no sobre las consecuencias. 

“Aunque parezca paradójico, lo primero que hay que saber es si de verdad se quiere dar solución al campo, y entonces actuar en base a ello. Qué modelo queremos y si asumimos las consecuencias que de las decisiones adoptadas se deriven”

Aunque parezca paradójico, lo primero que hay que saber es si de verdad se quiere dar solución al campo, y entonces actuar en base a ello. Qué modelo queremos y si asumimos las consecuencias que de las decisiones adoptadas se deriven. Hinchar a exigencias a los agricultores, con actuaciones que van más allá de su propia actividad, cuando no se aplican a las importaciones de países terceros, o se aprieta más que a otras actividades de otros segmentos de negocio, no parece ser la mejor de las soluciones para dar vida al campo. Y sin campo no hay vida, así que la venganza puede ser terrible.

(*) Presidente Frutas y Hortalizas Cooperatives Agroalimentaries

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