Dos años y cinco días, el viaje del espárrago verde desde Granada a los súper extranjeros

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Desde que se planta una semilla de espárrago verde de Granada hasta que se recolecta y llega en óptimas condiciones a Francia o Alemania pasan dos años y cinco días

Espárrago de Huétor Tájar

La falta de personal para no perder parte de la producción es uno de los mayores problemas del sector. / JUNTA DE ANDALUCÍA

Nerea Díaz. Efeagro. 

Se trata de un recorrido que conocen bien en la cooperativa de San Isidro de Loja (Granada), una localidad para la que el espárrago se ha convertido en el segundo sector económico, sólo por detrás del olivar, a pesar de las dificultades por la falta de recursos y personas interesadas en trabajar en el sector.

El viaje del espárrago

Puede que una de las claves sea las peculiaridades de una jornada laboral que arranca a las 2.00 horas y que se prolonga hasta las 11.30, con dos equipos que se van relevando durante este periodo para evitar las horas de más calor en el campo donde a media mañana ya se pueden alcanzar los 30 grados.

Pero eso es solo el punto intermedio de un camino que arranca dos años atrás en los que el agricultor invierte su tiempo y sus recursos en un terreno, en un primer momento, para adaptar las tierras y abonarlas.

Sólo entonces llega el segundo paso, la siembra de la semilla que necesita, además, un recurso poco abundante para hacer que las plantas crezcan con “fortaleza”, el agua, reconoce a Efeagro la agricultora de la Cooperativa de San Isidro de Loja (Granada), María de la Luz Castillo.

Cuando han pasado tres años, en la temporada que va de febrero a abril, aproximadamente y en función de la climatología, se procede a la recolección.

Es un duro trabajo que es manual, pues no permite la entrada de máquinas como en otros cultivos, en el que cada espárrago se corta de uno en uno.

Por eso sus trabajadores han inventado una herramienta que se conoce como cajón y se ata a la cadera; en él depositan todos los espárragos y van cortando el manojo a la misma medida.

En este punto es cuando las peculiaridades surgen y una de ellas es la precisión temporal en la recolección, pues el espárrago que está listo y no se recolecta es directamente “para tirar”.

Su composición es prácticamente agua y “se echan a perder al madurar”, argumenta la agricultora, por lo que si alguien de la cuadrilla falla, el espárrago “exige” que se echen horas de más para que todos los que están “listos” sean recolectados y no se pierdan en el camino de la cosecha.

Sin mano de obra

Es aquí cuando asoma el principal talón de Aquiles de este sector: la falta de personal para no perder parte de la producción una tarea “a veces frustrante y difícil de afrontar para el campo y las administraciones”.

El problema es persistente y va más allá del relevo generacional con causas detrás como la incompatibilidad de los subsidios y la temporalidad.

María de la Luz aprovecha para pedir desde su tierra, en las que ha terminado tarde por este motivo y donde el calor ya abruma, políticas que hagan compatibles estas dos cuestiones para que a la gente le “compense” trabajar en el espárrago.

El sabor de Granada en la UE

Desde este momento central del proceso, los espárragos de Granada tardan “dos días en llegar a los supermercados nacionales y cinco al mercado exterior”, según el técnico de la cooperativa, Antonio Rodríguez.

El espárrago de Granada es muy viajero y más del 95 % de lo que se produce en esta cooperativa se exporta a países como Francia, Alemania y Polonia, entre otros destinos, hasta donde se transporta en frío controlado para que llegue lo más fresco posible.

Así, tan solo un 5 % de este nutritivo alimento se queda en territorio nacional y llega a los lineales a través de empresas de distribución que han hecho piña con cooperativas y proveedores para cuidar esta producción como Alcampo.

El resto de este trabajo se exporta y recorre miles de kilómetros con el sello España para llegar a los consumidores europeos que incluyen este alimento en su dieta sin saber el sudor y el esfuerzo que hay detrás, muy lejos, en los campos de Granada donde personas como María de la Luz y muchos otros intentan mantener, a toda costa, este producto que es su medio de vida.