“Elogio y refutación de la sostenibilidad”, por José Carbonell (COIAL)

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El Secretario técnico del Colegio Oficial de Ingenieros Agrónomos de Levante, José Carbonell, opina sobre la búsqueda de la sostenibilidad en el sistema alimentario

La sostenibilidad necesita del apoyo de la ciencia y la tecnología. / ARCHIVO

José Carbonell (*)

¿Quién no ha escuchado hablar de la sostenibilidad? A estas alturas es muy complicado no haberlo hecho, pero la pena es que este concepto va camino de pasar al espacio de las palabras virtuosas que quedan en la nada de tanto —y tan mal— usarlas. 

“Todos intuimos y entendemos en qué consiste esto de la sostenibilidad. No obstante, la cosa se empieza a torcer cuando intentamos medir, cuantificar o evaluar la sostenibilidad para, por ejemplo, poder compararla o mejorarla, empezando porque no hay una unidad de sostenibilidad ni, evidentemente, el método para obtenerla”

Muchas de las cuestiones que corren esta misma suerte tienen en común la falta de conexión entre el fundamento y el método. En este caso, todos intuimos y entendemos en qué consiste esto de la sostenibilidad (conocemos su fundamento), pues resulta sencillo entender su definición: satisfacer las necesidades del presente sin comprometer las futuras conjugando para ello los recursos económicos, sociales y medioambientales.

No obstante, la cosa se empieza a torcer cuando intentamos medir, cuantificar o evaluar la sostenibilidad para, por ejemplo, poder compararla o mejorarla, empezando porque no hay una unidad de sostenibilidad ni, evidentemente, el método para obtenerla.

Si nos aventuramos a divagar sobre el método, no parece muy forzado pensar que la opción sostenible debe asemejarse al Óptimo de Pareto, que es el punto en el que ninguna de las funciones (económica, social y ambiental) puede mejorar sin empeorar las otras, por lo que la búsqueda de esta opción puede basarse en una optimización multiobjetivo. No obstante, la solución obtenida de esta manera sería para “aquí y ahora”, ya que si las circunstancias cambian (la evolución de los mercados, el precio de la energía o la climatología, por ejemplo), también puede cambiar —y cambia— el resultado.

Si volvemos a las tres funciones que definen la sostenibilidad, sólo hay acuerdo sobre una: la económica, porque tenemos claro la unidad de medida —el euro— y la forma de calcularla, que en esencia es el beneficio. Las otras dos quedan en el limbo y de momento no hay, ni siquiera, una unidad para medirlas. Hay tantas propuestas de evaluación, índices, indicadores o recomendaciones como entidades de reconocido prestigio han decidido ocuparse de este loable menester, pero esto no deja de ser algo parecido a definir el fundamento de una parte del fundamento. Así que necesitamos trabajar con tres funciones y, por desgracia, dos no las conocemos porque, de momento, siguen siendo variables con un altísimo grado de subjetividad.

Para más inri, resulta que la sostenibilidad no está relacionada con el producto (que también), sino con su función y a su ciclo de vida. Para que nos entendamos, a su empleo. Es decir, “para este producto, para este uso, aquí y ahora”. En el caso de los productos alimentarios, podríamos resumir o acotar —es necesario para evitar bucles infinitos— que se mediría el proceso de la granja a la mesa —¿les suena, verdad?— y la gestión de todos los residuos que ha generado su consumo.

La cuestión es que, llegados a este punto, ni tenemos una nota mínima a partir de la cual podemos decir que esta naranja que nos vamos a comer es sostenible, o que tiene un notable en sostenibilidad, ni tenemos la forma de comparar la sostenibilidad de un producto cualquiera en un mercado cualquiera con otra alternativa para decidir cuál de los dos consumimos. La consecuencia de esto es un campo abonado para que los publicistas, demagogos, interesados o desconocedores manoseen a su antojo tan importante fundamento. 

De esta forma, cuando denunciamos que al sector agrario le están robando el discurso, nos referimos a que la propuesta de evaluación de su acción y de sus resultados la están haciendo otros, cuyos intereses o motivaciones desconocemos o, directamente, son divergentes; y ya se sabe, quien controla el proceso, controla el resultado. Robar el discurso es obviar que la sostenibilidad depende de tres funciones y no de una o de poco más de una. Robar el discurso es permitir el reparto de “carnets” de sostenibilidad sin mayor soporte que las meras creencias.

Tampoco ayuda a nadie plantear estrategias de las que se desconoce su influencia en las funciones sobre las que descansa la sostenibilidad: ¿cuánto mejora —o empeora— la componente económica, social y ambiental del sector citrícola valenciano si se reduce el número de materias activas?, ¿cuánto se avanza hacia la sostenibilidad con un objetivo del 25% y no del 15% o del 30%?, o ¿cómo varían las componentes de la sostenibilidad al prohibir o autorizar la edición genética para disponer de especies vegetales más resistentes a plagas y enfermedades? De esta forma, ante la ausencia del dato, se acaba imponiendo el relato.

¿Y qué hacemos?

El divulgador Eduard Punset decía que la felicidad “está en la sala de espera de la felicidad” y algo parecido pasa con la sostenibilidad: tenemos que intentar ser sostenibles mientras aprendemos a ser sostenibles, lo que no deja de ser, en cierta medida, un proceso cultural.

Pero este proceso sólo se podrá recorrer a hombros de la ciencia y la tecnología, es decir, del conocimiento. Como mantenían los pensadores de la Ilustración, hoy sigue siendo imprescindible disipar las consecuencias de la ignorancia con las luces del conocimiento y la razón. 

Posdata: Una oportunidad perdida

Era complicado tener una oportunidad tan buena para orientar y avanzar en la búsqueda de la sostenibilidad de nuestro sistema alimentario como la que se ha presentado con los PERTE. Sin embargo, todo apunta a que se va a desvanecer al haberse planteado segmentando el sistema alimentario. Desde el punto de vista de la sostenibilidad, proponer un PERTE agroalimentario que no incluye la producción primaria o la distribución de los alimentos es “hacer un pan como unas tortas”. Confiar a la digitalización el uso sostenible del agua de riego es, cuando menos, muy optimista.

“—¿Podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí? —preguntó Alicia—.

—Eso depende en gran parte del sitio al que quieras llegar—respondió el Gato de Chesire.” 

Alicia en el País de las Maravillas, Lewis Carroll.

(*) Secretario técnico del Colegio Oficial de Ingenieros Agrónomos de Levante

Acceso al artículo de opinión en la página 6 del dossier de Producción Sostenible en el ejemplar de Valencia Fruits. 

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