Con un panorama varietal citrícola en constante transformación, con nuevas obtenciones y cambios de mercado, José Cuenca, director técnico de AVASA, aporta su perspectiva sobre el momento que vive el sector y hacia dónde se dirige

José Cuenca, director técnico de la Agrupación de Viveristas de Agrios S.A. / AVASA
Julia Luz. Redacción.
La citricultura atraviesa una etapa de transformación profunda. Las exigencias del mercado están redefiniendo las tendencias del sector y, al mismo tiempo, la entrada de fondos de inversión y grandes compañías ha alterado el equilibrio tradicional, que ven la agricultura y la alimentación como un valor seguro, al menos por ahora. José Cuenca, director técnico de la Agrupación de Viveristas de Agrios S.A. (AVASA), explica que “actualmente está habiendo una evolución en diferentes ámbitos. Se observa la agrupación de empresas y entrada de fondos en el sector agrícola, lo que conlleva una disminución en el número de agricultores y a su vez, que estos sean más grandes, con fincas de producción de mayor tamaño y con inversiones mayores”.
Las buenas prestaciones de las nuevas variedades, tanto en el campo como en el mercado y en el precio, han despertado el interés los agricultores más modestos
Y son justo estas empresas, con una capacidad inversora mucho mayor, las que han introducido una dinámica distinta en el sector, impulsando con fuerza el auge de las variedades protegidas. De hecho, Cuenca señala que “estas empresas se decantan, en general, por variedades protegidas”. Pero esta es una tendencia que no ha quedado limitada a los grandes grupos. Las buenas prestaciones de estas nuevas obtenciones, tanto en el campo como en el mercado y en el precio, han despertado también el interés los agricultores más modestos, algo que el director técnico de AVASA resume al afirmar que “estas variedades también están extendiéndose entre agricultores más pequeños por la rentabilidad que pueden ofrecer”.
No obstante, resulta innegable que las variedades tradicionales siguen dominando el mercado y, por volumen, continuarán siendo las que marquen los grandes números del sector. En este sentido, cabe recordar que las variedades protegidas, en cambio, están sujetas a un límite de licencias que condiciona su expansión. Cuenca lo explica al recordar que “si te vas a números, cada año se plantan entre cuatro y cinco millones de plantones, pero una variedad protegida que, por ejemplo, está limitada a un millón de plantas en toda su vida, cuando cada año se plantan millones y millones, representa un porcentaje mínimo”. Aun así, subraya que su impacto no pasa desapercibido, ya que “para la relativa poca presencia que tienen, sí generan mucho interés y eso es por algo”.
El valor añadido de las nuevas variedades
Las nuevas variedades, desarrolladas tanto por empresas privadas como por centros públicos de investigación, buscan aportar un valor añadido que eleve la calidad de la fruta y refuerce su presencia en el mercado. La apuesta por frutos precoces y tardíos ha ampliado las ventanas comerciales y ha introducido mejoras que van más allá del rendimiento agronómico. Según el director técnico de AVASA, “además de ventajas técnicas respecto a variedades tradicionales, como pueden ser la ausencia de semillas, resistencias, época de maduración y otros aspectos, el hecho de contar con una gestión privada que protege los derechos del productor y ejerce un control sobre la producción, hace que estas variedades hayan sido más relevantes”.
“Las bondades de una variedad deben observarse con una visión global, considerando todo lo que interviene, desde el cultivo que realiza el agricultor hasta el interés del comercio, la llegada de la fruta al consumidor final y la valoración que este hace”
Aun así, Cuenca insiste en que las ventajas de una variedad no pueden evaluarse de forma aislada y hace hincapié en que “las bondades de una variedad han de observarse con una visión global, considerando todo lo que interviene, desde el cultivo que realiza el agricultor hasta el interés del comercio, la llegada de la fruta al consumidor final y la valoración que este hace”. Subraya también que la rentabilidad no depende de un único factor, ya que “el agricultor ha de buscar una rentabilidad que nace de la combinación de todos los aspectos unidos”.
Las prioridades tampoco son las mismas para todos los eslabones de la cadena. El agricultor busca variedades que le permitan reducir unos costes de cultivo cada vez más elevados y valora especialmente aquellas “con gran potencial productivo y mayor resistencia a plagas y enfermedades”. En cambio, el mercado se fija en otros atributos y demanda fruta con calibres más grandes, colores atractivos y ventanas de maduración que se adelanten o se retrasen respecto al grueso de la campaña.
Con este escenario sobre la mesa, ¿existe realmente una variedad capaz de contentar a todos?
Existe una variedad… ¿perfecta?
El director técnico de AVASA reconoce que la variedad ideal no es una cuestión de gustos personales, sino de equilibrio entre costes y mercado. Explica que, “cuanto más sencilla sea de producir, más eficiente resulta y más fácil es que sea rentable, y si además se paga bien, todavía mejor”. A menudo recuerda a los agricultores que sus preferencias no determinan lo que funciona en los lineales, y lo resume con claridad cuando afirma que muchos le dicen que “una fruta no tiene para ellos un sabor excelente o que no termina de convencerles”, pero “lo que uno opine de una fruta no es lo realmente importante, porque no somos nosotros quienes marcamos las preferencias del mercado”.
Para él, la clave está en desarrollar variedades con costes de producción bajos, buena productividad y una salida comercial asegurada, algo que considera puro sentido común. Insiste en que no hay que perderse en detalles ni en manías personales, porque “el agricultor tiene un papel fundamental y debe obtener rentabilidad, pero esa rentabilidad no depende únicamente de sus preferencias, sino de elegir una variedad apreciada en el mercado y con costes asumibles”. Esa visión global es la que, asegura, intentan trasladar desde la agrupación AVASA.
El reto no pasa por sustituir las variedades tradicionales por las nuevas, sino por lograr que estas nuevas obtenciones puedan llegar a un mayor número de agricultores sin perder por ello su valor añadido
La pregunta sobre si las variedades protegidas son las que más se acercan a esa supuesta variedad perfecta no tiene una respuesta tan simple. El director técnico de AVASA no lo descarta, aunque matiza que “las variedades tradicionales seguirán, no sé si para siempre, pero tienen mucha vida”, pero también afirma que “lo que debemos intentar es que las variedades protegidas sean accesibles”. El reto no pasa por sustituir unas por otras, sino por lograr que las nuevas obtenciones puedan llegar a un mayor número de agricultores sin perder su valor añadido.
Está claro que las grandes empresas tienen más capacidad para invertir y asumir riesgos, pero Cuenca insiste en que la modernización no puede quedarse sólo en ese nivel. Recuerda que “hay empresas grandes que sí hacen inversiones y miran números, pero un pequeño agricultor también necesita actualizarse, y lo importante es que esas innovaciones le lleguen de verdad”. Así, la clave no está en adoptar novedades por inercia, sino en que cada paso tenga sentido. “No se trata de pagar por pagar, sino de asegurarse de que el agricultor o la empresa podrán rentabilizar los gastos de esa inversión. Al final, todo pasa por buscarle la lógica y la rentabilidad”, señala.
Pero el director técnico de AVASA tampoco pasa por alto que todas esas nuevas variedades han requerido una inversión importante para desarrollarse, y que eso tiene implicaciones inevitables. Por ello, da por hecho que “las variedades que son nuevas obtenciones serán protegidas, incluso las desarrolladas en centros públicos”. Explica que la protección no es un capricho, sino una forma de garantizar que el trabajo detrás de cada variedad no se pierda. En el caso de las variedades públicas, insiste en que el coste debe ser accesible, pero no inexistente, porque “cuando usas un servicio público también pagas una tasa, que sea público no significa que sea gratis”. Por eso considera lógico que todas las nuevas variedades tengan un coste asociado, porque “no tiene sentido realizar una gran inversión en desarrollar una nueva variedad y no esperar un retorno”.
Así las cosas, el director ténico de AVASA considera que el sector ya se está moviendo en esa dirección y explica que “las empresas están cada vez más a favor de dar esa accesibilidad a más agricultores, con royalties más asumibles y fórmulas de pago flexibles”. Señala que una de las tendencias más extendidas es fraccionar los pagos en lugar de exigir un desembolso inicial elevado, e incluso existen modelos en los que se paga mientras se mantiene la variedad y se deja de pagar cuando ya no se cultiva. Para él, este tipo de planteamientos facilita que la innovación llegue a más gente y que nadie quede fuera por motivos económicos.
En un sector que avanza de forma tan rápida, la búsqueda de la variedad perfecta quizá sea más una dirección que un destino. Lo que sí parece evidente es que la innovación sólo tendrá sentido si llega a todos y si cada nueva variedad aporta un valor real, tanto en el campo como en el mercado. Al final, la citricultura continuará evolucionando al ritmo de quienes la cultivan y de quienes la consumen, y ahí es donde se juega el futuro del sector.
Acceso a la entrevista en las páginas especiales de Viveros (15-18) en el ejemplar de Valencia Fruits.
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