“La última línea de defensa”, por José Luis Lozano

DECCO PEPITA

“Los incendios, al igual que las inundaciones y otras catástrofes naturales no conocen de fronteras (…) Es un desafío al que debemos responder con acciones que fijen la población rural y trabajando en la estructura de nuestros montes para defenderlos mejor del fuego”

A falta de cifras definitivas y pendientes de los incendios aún activos, “2025 se quedará muy cerca del récord de la serie histórica de superficie quemada en nuestro país de 1985, con casi 485.000 hectáreas quemadas”. / ASAJA

José Luis Lozano*

Como cada verano, los incendios forestales irrumpen en nuestra rutina vacacional, al tiempo que los medios de comunicación recuperan expresiones como ‘frente de llama’, ‘medios aéreos’ o ‘puesto de mando avanzado’, mientras nos muestran imágenes de impotencia y desesperación. Nos recuerdan con una eficacia brutal que, como dijo Carl Sagan, “la naturaleza es la fuerza más destructiva del universo”. Y también como cada verano resurgen encendidos debates (permítaseme la metáfora) sobre lo que se pudo haber hecho para prevenir el desastre. Debates que, año tras año, quedan como los rescoldos del fuego, en espera de que alguien los avive de nuevo al año siguiente

Los incendios forestales nos han acompañado siempre y seguirán haciéndolo en el futuro, son recurrentes porque está en su naturaleza. Es un fenómeno intrínseco al monte mediterráneo que sirve en su justa medida para la renovación de la masa forestal, favoreciendo a las especies pioneras que habían perdido pujanza y capacidad de regeneración en los bosques maduros, permitiendo de esta manera que el ciclo del bosque se reinicie.

Pero hoy en día, por desgracia, los incendios por causa natural tan sólo suponen entre el 3% y el 5% del total de los sucedidos en nuestro país cada año, estando la mano del hombre de una u otra manera en el resto de ellos. Está claro que en un ambiente tan antropizado no se puede dejar de mediar en la gestión del fuego. Eso lo aprendieron a las bravas en 1988 los gestores del parque de Yellowstone (primer parque nacional del mundo, establecido en el año 1872), partidarios desde la década de los ochenta de la política de “dejar quemar” (o sea, permitir que los incendios causados por rayos se desarrollaran sin intervención salvo que amenazaran vidas o propiedades). En ese año las llamas devoraron un tercio del parque con cifras que aún hoy cuesta asimilar: 320.000 hectáreas quemadas, decenas de millones de árboles reducidos a cenizas, 9.000 bomberos trabajando en los momentos más delicados y 120 millones de dólares de la época gastados sólo en la lucha contra el fuego.

Es evidente, por tanto, que hacer frente a los incendios, cualquiera que sea su origen, es una necesidad. Pero, a pesar de esta certeza, 2025 se quedará muy cerca (confiemos en que no lo supere) del récord de la serie histórica de superficie quemada en nuestro país de 1985, con casi 485.000 hectáreas quemadas. Para poner contexto a las cifras baste saber que lo quemado este año en España equivale aproximadamente dos veces el tamaño de la provincia de Álava.

Cuando estos desastres suceden surge inevitable la crítica. Algunas voces, aunque bienintencionadas hacen bueno el proverbio turco: ”cuando el carro se vuelca, muchos te muestran el camino”, ofreciendo soluciones simplistas a un problema complejo y lleno de aristas. Si todo fuera tan sencillo como algunos proponen hace tiempo que el problema estaría resuelto.

En primer lugar, hay que diferenciar entre la prevención y la extinción de incendios. En lo que a la extinción se refiere, contamos con un dispositivo formado, de gran profesionalidad (a pesar de la precariedad laboral y los bajos salarios) y prestigio reconocido internacionalmente. Pero todo esto no sirve de nada si no hay coordinación y asunción clara de competencias entre administraciones y, hay que decirlo, produce rubor y vergüenza ver cómo en el nivel en el que se deben tomar las decisiones estratégicas se pierde un tiempo del que no se dispone en discusión y lucha partidista mientras el fuego avanza.

En mi opinión este problema concreto se resolvería en gran medida si los políticos participaran lo mínimo en la toma de decisiones, siendo estas asumidas en su mayor parte por los técnicos, que son los conocedores de la materia. Los incendios, al igual que las inundaciones y otras catástrofes naturales no conocen de fronteras

En cuanto a la prevención, digamos que es la pariente pobre de esta historia (la relación de gasto es de difícil cálculo por la atomización de inversiones que supone nuestro estado de las autonomías, pero es probable que se sitúe en la relación 1/10-2/10 con respecto al desembolso en extinción). Aquí está el verdadero problema, máxime cuando la inversión la decide un político al que no le interesa invertir dinero en zonas rurales con “poco votante” y de obra “poco vistosa” (luce más inaugurar un polideportivo que poner un cartel en el monte diciendo que se ha hecho un desbroce selectivo o una faja auxiliar).

Dentro de los trabajos de prevención se echa en falta un mayor esfuerzo de adecuación de la masa forestal a la presión antrópica tan fuerte que sufre nuestro medio forestal y al cambio climático. No podemos permitirnos decenas de miles de hectáreas de bosque continuo, cerrado, muchas veces de masas coetáneas y de gran densidad, pues esto es comprar más boletos para la rifa. Aquí, menos es más.

Al incendio se lo tenemos que poner difícil, crear discontinuidades para frenar su avance. Además de quemar menos superficie se da tiempo al operativo de extinción de asentarse en el terreno y de llevar a cabo su plan de extinción en condiciones de seguridad. Hay que tender, siempre que se pueda, a un paisaje en mosaico, donde se intercalen terrenos agrícolas con una masa forestal reducida en densidad (que redunda en una mejor defensa de la masa forestal frente al cambio climático al hacerla más resiliente por una mayor disponibilidad de recursos), con infraestructuras de defensa lineales que reticulen el paisaje como fajas auxiliares apoyadas en caminos que protegen a los brigadistas y modifican la continuidad vertical del incendio, bajando la altura de llama para que sea posible el ataque directo al fuego, áreas cortafuegos (no confundir con los tradicionales cortafuegos, caros, inútiles y difíciles de mantener), etc.

Hemos hablado de trabajar con el arbolado reduciendo su densidad, cambiando su disposición horizontal para eliminar continuidad, rebajando su altura cerca de las fajas auxiliares, pero también hay que pensar en el control de la vegetación arbustiva y herbácea (el gran catalizador de los incendios este verano en el oeste del país tras un invierno y primavera excepcionalmente lluviosos). Hay que apoyar proyectos e iniciativas que permitan al ganado (sobre todo ovejas y cabras que limpien los montes en invierno) pastar con libertad en nuestros bosques, así como desbroces selectivos y quemas prescritas en zonas concretas. El papel de agricultores y ganaderos es esencial en la configuración de este paisaje discontinuo en el que sea posible combatir el fuego. Démosle, asimismo, un impulso desde las instituciones al aprovechamiento de biomasa y que sirvan estos recursos para financiar en parte clareos y claras en unos bosques que llevan ya décadas pidiendo estas actuaciones.

Los dispositivos de extinción tienen sus prioridades muy claras y son, por este orden, las personas, los bienes materiales y, finalmente, el monte. Pero pongámosles las cosas más fáciles con Planes de Actuación Municipal frente a incendios forestales actualizados y urbanizaciones con Planes de Autoprotección que facilite la labor de los profesionales.

España es uno de los países más extensos de Europa y el segundo más montañoso después de Suiza, con una población rural en descenso y envejecida. El clima mediterráneo y el cambio climático (este agosto ya es según Aemet el más caluroso desde que hay registros) nos aseguran veranos cada vez más calurosos. Nuestros bosques se concentran en las áreas de montaña sobre las zonas menos accesibles y peor comunicadas.

Es un desafío al que debemos responder con acciones que fijen la población rural y trabajando en la estructura de nuestros montes para defenderlos mejor del fuego. Ambas realidades son complementarias, pues los trabajos citados generan empleo en un entorno socioeconómico muy necesitado de actividades que fijen y atraigan población. Difícilmente los habitantes del medio rural pueden convertir en “los guardianes del bosque” si no tienen cómo ganarse la vida.

Como vemos, la lucha contra los incendios forestales trasciende con mucho a la extinción. Potenciemos la prevención a través de la gestión del paisaje y del apoyo al mundo rural, pues de ello depende la pervivencia de nuestros bosques.

Y dejemos la extinción como la última línea de defensa.

(*) Ingeniero Forestal