Hace poco más de una década el pistacho era todavía un cultivo minoritario en la comunidad, pero ahora Aragón cuenta con unas 2.500 hectáreas plantadas

La previsión de Apistar para esta campaña apunta a un incremento de entre el 10 y el 15%, sobre todo por la entrada en producción de nuevas plantaciones. / ARCHIVO
Naiare Rodríguez Pérez. Efeagro.
“El pistacho no es el oro verde”, advierte el presidente de la Asociación de Pistacheros de Aragón (Apistar), Alejandro Bribián, frente a la imagen de cultivo casi milagroso que ha acompañado al auge de este fruto seco.
Reconoce que sus rentabilidades actuales resultan “bastante aceptables” frente a las de cereales, maíz o uva y han convertido a este árbol de crecimiento lento en una alternativa cada vez más atractiva para el campo aragonés.
Hace poco más de una década el pistacho era todavía un cultivo minoritario en la comunidad, pero ahora Aragón cuenta con unas 2.500 hectáreas plantadas, según datos de Apistar, aunque solo unas 200 o 300 están ahora en plena producción porque el árbol necesita alrededor de ocho años para alcanzar su máximo rendimiento.
“Hay personas que han plantado siguiendo ese eslogan de oro verde y no”, explica a EFE Bribián, quien considera que el pistacho puede proporcionar una buena rentabilidad a medio y largo plazo, pero que, como cualquier cultivo, tiene “sus problemáticas e inconvenientes y en agricultura no hay nada que te haga rico rápidamente”.
La previsión de Apistar para esta campaña apunta a un incremento de entre el 10 y el 15%, sobre todo por la entrada en producción de nuevas plantaciones, aunque se trata de una estimación provisional porque la recolección comenzará en unas semanas en las zonas más tempranas y el pistacho es además un cultivo vecero, con diferencias de cosecha entre unos años y otros.
El mapa del pistacho aragonés se extiende por el Valle del Ebro y por zonas de Huesca y Teruel, donde los agricultores han comprobado que el árbol se adapta tanto al secano como al regadío y que las condiciones de frío invernal y calor estival de la Comunidad pueden jugar a su favor.
Tal y como apunta Bribián, el cambio climático está ampliando el abanico de terrenos que pueden resultar aptos para este cultivo, aunque “ese potencial no elimina la necesidad de seguir investigando sobre él”.
Rentabilidad atractiva
La expansión también tiene una explicación económica, ya que los bajos precios de cultivos tradicionales han llevado a muchos agricultores a buscar alternativas y el pistacho ofrece, una vez superada la larga fase inicial, unos costes de producción relativamente contenidos y una rentabilidad “atractiva”.
Sin embargo, el pistacho que nace en Aragón no vive aislado de lo que sucede en países como Estados Unidos, Irán y Turquía, que concentran buena parte de la producción mundial y tienen una “influencia decisiva” sobre los precios.
“Los que llevan la voz cantante son estos países”, reconoce Jaime Valero, responsable de una procesadora aragonesa, que considera que España tiene capacidad para competir por calidad pero todavía no por volumen porque, a su juicio, “no hay un supercultivo” y el crecimiento del pistacho debe ir acompañado de una industria capaz de aprovecharlo.
La oportunidad puede estar, de hecho, en esa diferenciación, debido a que compradores de países del norte de Europa buscan en España variedades como la kerman, destinada al consumo como snack, mientras italianos y franceses muestran interés por variedades como larnaka, apreciada por su sabor y color intenso para la industria alimentaria.
El recorrido que hace el fruto desde el campo también puede decidir su valor, ya que en las primeras 24 horas se procesa y seca y, a partir de ahí, el producto puede seguir distintos caminos, desde el snack hasta la pepita para repostería, pastelería y cremas.
El reto: el salto a la industria
Ese salto de la agricultura a la industria es uno de los retos que afronta Aragón, donde ya existen iniciativas de transformación como la planta puesta en marcha por Valero, un proyecto iniciado en 2018 que comenzó a procesar productos a terceros en 2021 y que ahora estrena una segunda fase de transformación.
La planta cuenta ahora con maquinaria para separar el producto, distinguir pistachos abiertos, realizar selección óptica y partir la cáscara, un paso que permite avanzar hacia una cadena de mayor valor añadido dentro de la propia comunidad.
Mientras la industria intenta acompañar al crecimiento del campo, el consumo juega a favor del cultivo, porque el pistacho ha dejado de estar limitado al tradicional cuenco de frutos secos y aparece cada vez más en helados, chocolates, repostería, restaurantes y productos elaborados, con el auge del chocolate Dubái y su creciente presencia incluso en cosmética.
“Creo que es un cultivo que se va a implantar y va a estar bien”, apunta Valero, convencido de que la moda puede haber servido para acelerar su popularidad pero no explica por sí sola el futuro del producto, cuya demanda, según Apistar, “crece más deprisa que la oferta disponible”.
En Aragón, esa tensión entre oferta y demanda se traduce en una situación paradójica, ya que, mientras todavía hay miles de hectáreas pendientes de alcanzar su madurez productiva, la asociación asegura que “si Aragón duplicara su producción, prácticamente se vendería toda”, hasta el punto de que ya existen operadores que ofrecen contratos de varios años para garantizarse el suministro.
El mercado, sin embargo, no permite dormirse en el éxito porque los productores aragoneses siguen expuestos a las oscilaciones internacionales y a la capacidad de los grandes países productores para marcar los precios, de modo que el crecimiento de la superficie no será suficiente si no va acompañado de conocimiento y transformación.
“Lo primero de todo es aprender más sobre el cultivo”, resume Valero, una idea que comparte Bribián desde la asociación, donde hay un centenar de socios y 1.000 hectáreas y se reciben cada vez más consultas de agricultores interesados en conocer las posibilidades y problemas de esta apuesta.
Las previsiones de Apistar apuntan a que la superficie aragonesa podría triplicarse en los próximos diez años si se mantienen las condiciones y el pistacho pasaría a ser uno de los cultivos leñosos con mayor crecimiento de la comunidad, pero sus propios protagonistas prefieren hablar de una “industria por construir” antes que de un supuesto “oro verde”.




