Cultivando la sostenibilidad

¿Producir más con menos es posible?

El cambio climático está afectando a la producción hortofrutícola y los daños se evidencian sobre todo en el clima. / ARCHIVO

Alba Campos. Redacción.

Hablar de sostenibilidad es sinónimo de hablar de futuro. Las acciones que se llevan a cabo en el presente en materia de ecologismo y ambientalismo definirán el porvenir de las nuevas generaciones. 

En el ámbito de la agricultura, eso se ve reflejado en las estrategias verdes que llevan a cabo tanto productores como empresas e instituciones del sector. Pero, ¿es siempre posible alcanzar esos objetivos sostenibles? ¿puede todo ser sostenible?

Según la Unión Europea, la sostenibilidad es igual a producir más con menos, es decir, conseguir aumentar la eficiencia y eficacia disminuyendo, por ejemplo, materias activas como pueden ser los fitosanitarios o fungicidas, ya que estos son considerados nocivos para el medio ambiente. En este contexto, el sector se pregunta si esta reducción es compatible con la rentabilidad.

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y la Agenda 2030 marcan una serie de pautas para conseguir desarrollar la actividad profesional con menos recursos y así poder hacer frente a las consecuencias derivadas del cambio climático, el continuo aumento de la población y la necesidad de reducir la huella hídrica y de carbono. Unas pautas que se materializan con el Pacto Verde Europeo que ha suscitado tanta polémica este último año, llegando a provocar manifestaciones y revueltas del sector agrario que se siente “asfixiado” con estas exigencias. 

Agricultura sostenible

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) “para ser sostenible, la agricultura debe satisfacer las necesidades de las generaciones presentes y futuras, y al mismo tiempo garantizar la rentabilidad, la salud ambiental, y la equidad social y económica”. Y además añade que “la alimentación y la agricultura sostenibles contribuyen a los cuatro pilares de la seguridad alimentaria (la disponibilidad, el acceso, la utilización y la estabilidad) y a las tres dimensiones de la sostenibilidad (ambiental, social y económica)”.

Sin embargo, es un hecho que hasta ahora no hay ningún producto que sea 100% sostenible. Vamos a poner el ejemplo de una fruta u hortaliza, cualquiera que sea. Su ciclo de vida comprende tres etapas distintas: su desarrollo cuando todavía esta unida a la planta; su maduración después de ser cosechada; y por último su degradación o pudrimiento. 

Ese ciclo de vida se debe a un conjunto de cambios bioquímicos y fisiológicos. En la primera etapa (desarrollo de la fruta) entran en acción materias activas como pueden ser los fertilizantes, los fitosanitarios y los plaguicidas, unas acciones consideradas contrarias a la salvaguarda del medio ambiente. En la segunda etapa (maduración postcosecha) las cámaras frigoríficas gastan energía, y en la parte de calibrado y clasificación, la maquinaria también requiere mucha electricidad. Y en la tercera etapa (degradación o pudrimiento) entra en juego el desperdicio alimentario. 

Y si pasamos a la comercialización o la distribución observamos, de igual manera, que cuando se exportan productos frescos se requieren transportes frigoríficos que gastan igualmente combustible y energía. 

Por tanto, en cada una de las etapas de producción de una fruta u hortaliza vemos que no se cumple 100% con los objetivos de sostenibilidad estipulados.  Y esto se puede trasladar a cualquier otro ámbito, como por ejemplo la producción de prendas de ropa o el calzado. 

Por tanto ¿hasta que punto se pueden modificar las acciones de producción para alcanzar la sostenibilidad? Hay actuaciones que hoy por hoy serían imposibles de eliminar para continuar con la producción, pero sí que hay pequeños cambios que pueden contribuir a un mundo mejor. Aunque estos cambios deben realizarse de manera progresiva y acorde a los tempos de cada sector. Es por ello por lo que el agro ve imposible alcanzar la sostenibilidad esperada para 2030. 

Fitosanitarios

El tema de los fitosanitarios es un arma de doble filo. La legislación de la Unión Europea sobre productos químicos y plaguicidas “está orientada a proteger la salud humana y el medio ambiente, así como evitar obstáculos al comercio”. Sin embargo, reducir estas materias activas también supone poner trabas a la lucha contra las plagas en los productos hortofrutícolas. Y es aquí donde se crea el conflicto de intereses, pues mientras se gana en salud se pierde en rentabilidad. Y no hay que olvidar que no existe sostenibilidad sin rentabilidad.

En 2009 se adoptó un paquete de medidas sobre los plaguicidas compuesto por la Directiva 2009/128/CE relativa al uso sostenible de los plaguicidas, orientada a reducir los riesgos ambientales y sanitarios y a mantener la productividad de los cultivos y mejorar el control del uso y distribución de plaguicidas.

La Directiva relativa al uso sostenible de los plaguicidas obligaba a los Estados miembros a adoptar planes de acción nacionales para fijar objetivos cuantitativos, metas, medidas y calendarios al objeto de reducir los riesgos y los efectos de la utilización de plaguicidas en la salud humana y en el medio ambiente. En el informe de 25 de mayo de 2020 sobre la aplicación de esta Directiva se puso de manifiesto que menos de un tercio de los Estados miembros había completado la revisión de sus planes de acción nacionales dentro del plazo legal de cinco años (y la mayoría de ellos no había subsanado las deficiencias detectadas por la Comisión en los planes de acción nacionales iniciales).

En 2022 Bruselas lanzó la propuesta de reducir en un 50% el uso de pesticidas en toda la UE. El agro veía muy complicado cumplir con esta exigencia y tras todas las manifestaciones llevadas a cabo a principios de este año 2024, en febrero la Comisión Europea dio marcha atrás en una de sus medidas estrella del Pacto Verde Europeo. Úrsula von der Leyen anunció la retirada de la ley con la que la UE pretendía reducir a la mitad el uso de pesticidas químicos pues afirmó que “la Comisión propuso la regulación para el uso sostenible de los pesticidas (SUR), con el digno objetivo de reducir los riesgos de los productos fitosanitarios químicos fitosanitarios. Pero la propuesta SUR se ha convertido en un símbolo de polarización”. 

Energía

Respecto al uso de energía, desde el Centro Tecnológico Tecnova explican que el futuro de la agricultura pasa por una transformación en la producción y distribución de las frutas y hortalizas. Esa transformación está marcada por un aprovechamiento de las energías renovables y apuesta por la sostenibilidad en el proceso productivo.

Desde Tecnova, se han realizado ensayos en los que se demuestra que un sombreo de un 10-15% sobre la superficie del cultivo es compatible con la obtención de una producción de calidad y sin disminución de rendimiento, además de estar contrastada la rentabilidad, para el agricultor, por la reducción del uso de suministros.

Esto en cuanto a cultivo, ¿pero que ocurre en la postcosecha? La maquinaria necesaria en esta etapa requiere de grandes cantidades de energía y hasta el momento no hay alternativas más sostenibles hacia las que se pueda avanzar. Aún falta investigación en este ámbito. 

Agua

Según la FAO “varios aspectos del cambio climático pueden afectar a la producción de frutas y verduras: la temperatura, las concentraciones de dióxido de carbono, los niveles de ozono, la disponibilidad de agua y la salinidad”. Además, explica que “es probable que sus efectos varíen de un lugar a otro. Algunos son positivos (se espera que el aumento de los niveles de CO2 estimule el crecimiento de las plantas); otros son negativos (la reducción de la disponibilidad de agua lo perjudica)”. 

Y es aquí donde entra en juego la necesidad de gestionar de forma sostenible el agua. ¿Cómo? Hay algunas ideas que ya se están llevando a cabo en muchos campos, como por ejemplo el riego por goteo que es muy eficiente y, con un manejo adecuado, se logra no desperdiciar el agua en ningún momento. 

Otra forma de gestión sostenible del agua es la monitorización de la humedad del suelo mediante la instalación de sondas de humedad que permiten saber que ocurre en el suelo cuando se riega, que cantidad disponible se tiene y a que profundidad, así como saber cual es el patrón de absorción de las raíces según el estado fenológico del cultivo. Con toda esa información se pueden planificar los riegos de forma más precisa. 

Y también cabe destacar la gestión eficiente de canales, para ello, la instalación de compuertas con caudalímetro que permitan regular el caudal entregado con precisión y según diferentes consignas, es una herramienta que aumenta la eficiencia en el transporte de agua por canal.

El sector agrario se encuentra completamente comprometido con la sostenibilidad, aunque en el proceso ve trabas para conseguir los objetivos planteados, y mucho menos en el tiempo de margen establecido

¿Una utopía?

El sector agrario se encuentra completamente comprometido con la sostenibilidad, aunque en el proceso ve trabas para conseguir los objetivos planteados y mucho menos en el tiempo de margen establecido (hasta 2030). El agro explica que no hay tiempo suficiente para conseguir lo que se propone y, de hecho, ya vamos tarde. Se observa con el cambio climático tan apremiante que estamos padeciendo y que se hace evidente con fenómenos meteorológicos como la DANA que acaba de sufrir Valencia. 

El planeta nos está avisando de todas las maneras posibles y no se puede conseguir la erradicación del problema en cinco escasos años, es evidente. Pero se pueden tomar medidas progresivamente para disminuir sus consecuencias. 

¿Es la sostenibilidad un ideal inalcanzable? Es difícil conseguirla, pero vale la pena luchar por ella. De nosotros depende transformar una utopía en una realidad. En la medida de nuestras posibilidades. 

Acceso al artículo en la página 2 del dossier de Producción Sostenible en el ejemplar de Valencia Fruits. 

Acceso íntegro al último ejemplar de Valencia Fruits.