El presidente de Frutas y Hortalizas de Cooperatives Agro-Alimentàries, Cirilo Arnandis habla sobre los efectos del cambio climático y el calor

Los productores españoles deben hacer frente cada campaña a nuevas plagas o enfermedades que afectan a sus explotaciones. / ÓSCAR ORZANCO
Cirilo Arnandis (*)
Una de las noticias que abre los informativos de nuestro país, y que no por recurrente deja de preocuparnos, es la cantidad de olas de calor continuadas que padecemos. Las temperaturas extremas condicionan nuestro comportamiento personal y nuestras relaciones colectivas, pese a que teóricamente sabemos cómo afrontarlas. Si bien en verano hace calor, y en buena parte es lo que toca, todo tiene su punto y su momento. Se ha constado que durante junio de este año el valor medio de las temperaturas registradas en nuestro país ha superado en tres grados la temperatura media de este mes registrada en la serie histórica. Cuando el termómetro alcanza temperaturas extremas, que incluso pueden afectar a nuestra salud, no queda otra que aplicar la prudencia y el sentido común, además de atender las indicaciones de las autoridades.
Las plantas que cultivamos y que nos suministran alimento, como seres vivos que son, también están expuestas a los efectos de estas altas temperaturas. Como ocurre con las personas, las temperaturas o condiciones climáticas extremas afectan de modo directo y significativo a los ciclos evolutivos y vegetativos de las plantas. El conocimiento científico, combinado con la sabiduría que puede aportar la experiencia, hacen de la agricultura una actividad capaz de minimizar estos efectos, al menos en la medida de lo posible. El objetivo final es que, pese a estas circunstancias, la cosecha recolectada sea óptima en términos de cantidad y de calidad. De esta forma se siguen suministrando al mercado productos que reúnen las condiciones demandadas por los consumidores, que mantienen su nivel de exigencia con independencia de las circunstancias climáticas en las que se ha desarrollado el cultivo. Algo sin duda importante, porque a buen seguro hay que competir en esos mercados de destino con producciones venidas de otras latitudes que igual no han tenido que sufrir esas mismas condiciones climáticas.
Pero más allá de los efectos de las altas temperaturas en los procesos biológicos de las plantas, el calor extremo también condiciona su interacción con otros seres vivos, que cuando son perjudiciales para la planta llamamos habitualmente plagas. Estas poblaciones, tanto las que hay que presentes de modo natural en las zonas de cultivo como las que nos vienen de fuera, también ven afectado su ciclo evolutivo cuando se dan condiciones diferentes a las normales en su hábitat. Esto les afecta de modo individual y marca también la interacción con las plantas que les sirven de huésped o de alimento. Si bien las temperaturas extremas pueden detener o ralentizar un ciclo biológico de una plaga, también es cierto que en determinadas circunstancias esa actividad biológica se puede acelerar. Si en condiciones habituales la propia biología de la plaga supone un determinado nivel de generaciones, con el incremento de la actividad puedan darse un mayor número de estas. Por tanto, más plaga y mayor afección en las plantas, especialmente si el nivel de temperaturas también afecta a los depredadores naturales de esas plagas.
Dicen que la naturaleza es sabia y que tiene sus propios métodos y procesos de equilibrio, pero estos se dan con el tiempo. Entre tanto, observamos con preocupación constantes novedades en forma de nuevas plagas o nuevas enfermedades. Este hecho evidente y constable acentúa un desequilibrio natural que afecta a la fauna y flora autóctona de modo claro, directo y evidente. Controlar la presencia de nuevas plagas que afectan a nuestros cultivos supondría un impacto positivo en el equilibrio medioambiental de nuestro entorno y un menor quebranto de cabeza y de las cuentas de los agricultores. En última instancia, no tenemos que olvidar que existe la necesidad de mantener cosechas que deben ser recolectadas y que han de cumplir determinados requisitos de aptitud comercial para poder llegar a los consumidores y satisfacer sus demandas.
Cabe preguntarse por qué cada año descubrimos nuevas plagas o enfermedades que afec-tan a nuestras explotaciones. A la vista de los resultados, o nadie se lo pregunta o quien tiene que tomarse en serio esta cuestión no lo hace. Otra cuestión que nadie parece hacerse es cómo debe de proceder un agricultor para salvar su cosecha de esas plagas o enfermedades. Desde el respeto al entorno, en el cual vivimos los productores y nuestras familias, sabemos que los equilibrios biológicos que pueden producirse en el tiempo ante la aparición de una nueva plaga no se dan de inmediato. A veces, estos suponen efectos en la biodiversidad existente en un momento determinado. Este mismo argumento se expone cuando se solicita la regulación de la cría y liberación de insectos depredadores útiles. Ello contrasta con la necesidad de tener que producir en el ciclo lógico de una cosecha para recolectar, comercializar y vivir económicamente de lo producido. Ante este escenario, no queda otra que tener que acudir a la aplicación de productos fitosanitarios autorizados, bajo el riesgo de perder la cosecha, incluso la de varios años consecutivos, cuando las herramientas a disposición de los productores son insuficientes, ineficientes o directamente inexistentes.
En este escenario, y pese a las promesas de las instituciones comunitarias, todavía predomina una visión ideológica del tema. Una que no tiene en consideración que los ciudadanos deben alimentarse y que, para ello, el agricultor debe producir y vender sus producciones, condición necesaria para poder vivir de su actividad. En ciertos casos, se prohíben productos fitosanitarios necesarios, de la misma forma que se autorizan otros que no son eficientes. En un contexto en el que en la toma de decisiones prima una visión medioambientalista sin más —con fines y objetivos que son loables y que también compartimos— en muchas ocasiones las propuestas realizadas generan más problemas que soluciones. Cuando se aplican productos fitosanitarios autorizados, pero ineficientes, o no suficientemente eficientes, nos podemos ver obligados a aplicar mayores dosis o a realizar un mayor número de tratamientos, Esto conlleva un mayor gasto para el productor, además de la aparición de resistencias, que generan desequilibrios y potencian la proliferación de otro tipo de plagas. Así, pues, a la hora de analizar qué hacer con la presencia de plagas, sobre todo cuando son nuevas, junto con la visión ambientalista también debe de entrar en la ecuación la visión agrarista.
Sabemos que los procesos de Bruselas a la hora de promover normativa son pesados y que los plazos son largos. Además, justo ahora se están debatiendo cuestiones de calado que pueden marcar el futuro de la Unión Europea. Pero ello no debería de ser excusa para que la promesa contraída por la Comisión de dotar a los productores de armas eficaces para proteger sus producciones fuese ya una realidad. Especialmente si tenemos en cuenta la disposición mostrada por el Comisario de Agricultura, quien pronunció una frase que refleja a la perfección lo que ocurre: “El botiquín para cuidar a las plantas está vacío”. O los procesos se agilizan y se dan soluciones o la burocracia acabará con nosotros, justo en un momento en el que Bruselas se está comprometiendo con el concepto de la simplificación. De momento, nos queda la figura de las autorizaciones excepcionales de productos fitosanitarios, pero si como dice nuestro Ministerio de Agricultura, se está recurriendo en demasía a esta figura, habrá que preguntarse por qué.
Entretanto, nuestros competidores de países terceros siguen disponiendo de un botiquín con muchas más alternativas. En este caso, la ventaja es doble, pues de una parte tienen a su disposición productos más baratos, y de otra, tienen también a su alcance productos eficaces. Luego ya sabemos que existen mil condicionantes que dicen que impiden exigir reciprocidad en las condiciones de producción, pero lo que sí que ocurre es que todos, los de aquí y los de allí, venimos a competir en los mismos mercados. Por eso hay que alabar las decisiones que, de modo unilateral, han adoptado los gobiernos de Francia y Polonia, exigiendo el mismo nivel de residuos —es decir, cero— de una serie de productos fitosanitarios prohibidos para sus respectivos productores, aunque estén autorizados en los países de origen de las producciones que acceden a sus mercados.
La actividad humana es global, y es difícil impedir que una nueva plaga o enfermedad nos llegue, pero lo que sí es cierto es que si este tema se tomase más en serio, probablemente nos llegarían menos. De entrada, sabemos que hay competidores nuestros que siempre están señalados en lo referente a la detección de plagas, enfermedades y residuos de productos fitosanitarios en sus envíos hacia el mercado comunitario. De ser más contundentes y ejemplarizantes en las medidas adoptadas, quizás se avanzaría más en este tema. Pero ya se sabe, si pasamos del mero aviso o de la advertencia, puede que esos países adopten contramedidas comerciales en otros ámbitos de actividad económica. Así pues, una vez más, a pagar poca ropa.





