Eduardo Baamonde Noche: “La sostenibilidad como reto y compromiso en el sector agroalimentario”

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Para el presidente de Cajamar, la innovación, el conocimiento y las nuevas tecnologías son los grandes aliados para mitigar los efectos del cambio climático

La sostenibilidad medioambiental no debe ser un compromiso únicamente español o europeo, sino mundial. / CAJAMAR

Eduardo Baamonde Noche (*)

Acabamos de cerrar la Cumbre del Clima de Egipto, la COP 27, con acuerdos poco relevantes, apenas un fondo de compensación para los países en vías de desarrollo que están sufriendo con más intensidad las consecuencias del calentamiento global y el cambio climático. No obstante, en la declaración final de la cumbre se hace referencia a la urgencia de la adopción de medidas por parte de países y empresas, dadas las consecuencias ya evidentes y la existencia de una abrumadora evidencia científica.

En la Unión Europea podemos considerarnos líderes en la descarbonización de la economía, puesto que pocos países tienen un compromiso tan firme y concreto como el nuestro: para 2050 queremos ser una economía neutra en emisiones. Y lograr ese objetivo implica actuaciones a todos los niveles y en todos los sectores, incluido el agroalimentario.

Pero, incluso en ausencia de este objetivo, el sector tendrá que ser más sostenible. No solo por el imperativo legal y los compromisos internacionales, no solo por la creciente demanda social, ni solo por las exigencias de los principales clientes. Lo tendrá que hacer porque la disponibilidad de recursos es cada vez menor y las necesidades alimentarias son cada vez mayores. De hecho, tendrá que enfrentarse a un proceso de “intensificación sostenible” no solo en Europa sino también en el resto del mundo.

El proceso de rápido incremento del precio de los suministros iniciado tras la salida del Gran Confinamiento y agravado después por la invasión de Ucrania ha afectado principalmente a la energía, los fertilizantes, los piensos y el transporte. Un fenómeno que nos está obligando a revisar todos los procesos productivos para ajustar costes, ya que es materialmente imposible trasladar a los precios de consumo todo el incremento registrado al mismo ritmo e intensidad que el sufrido por la producción.
Por otra parte, el crecimiento continuado de la población —acabamos de superar la cifra de 8.000 millones de habitantes y para 2050 seremos más de 9.000— incrementará la demanda de alimentos en aproximadamente un 58%, de acuerdo con un reciente informe de la FAO del mes de octubre. En consecuencia, habrá un incremento de demanda que no podrá verse correspondido con un aumento equivalente de la superficie agraria. Y debemos ser conscientes de que satisfacer la demanda de una población creciente con prácticamente la misma superficie supone uno de los mayores retos de la humanidad. La única solución posible pasa por el aumento de los rendimientos, la reducción del desperdicio y el cambio en los patrones de consumo de la humanidad.

Satisfacer la demanda de una población creciente con prácticamente la misma superficie supone uno de los mayores retos de la humanidad. La única solución posible pasa por el aumento de los rendimientos, la reducción del desperdicio y el cambio en los patrones de consumo

España ocupa una posición central en este proceso. Disfrutamos de una sólida balanza agroalimentaria positiva, ocupamos los primeros puestos en el ranking de países exportadores de muchos productos, y somos una de las principales referencias para el suministro alimentario de nuestros socios europeos. Nuestro sector agroalimentario es uno de los más dinámicos y eficientes de Europa y, por tanto, es un activo estratégico de primer orden para la Unión. Nos corresponde pues comportarnos como los líderes que somos también en este terreno. Y para ello no solo tendremos que incrementar nuestra producción, sino que vamos a tener que hacerlo sin expandir la superficie de cultivo, reduciendo las emisiones y, en suma, siendo más eficientes en el uso de los recursos y los insumos. Es decir, para hacer realidad este compromiso debemos recurrir a nuevas tecnologías. Desde la bioingeniería, con variedades editadas o seleccionadas para adaptarse a condiciones climáticas más adversas y para mejorar su productividad, hasta las relacionadas con la digitalización de todos los procesos. El Big Data, la computación en la nube (cloud computing) o en el margen (edge computing), el Internet de las cosas (IoT), el 5G, la robotización, la sensorización, el blockchain y otras muchas tecnologías hoy desconocidas van a desempeñar un papel protagonista en la necesaria transformación del sector agroalimentario español.

Una economía que use menos recursos debe necesariamente cerrar los circuitos de materiales, agua y energía en la mayor parte de sus procesos. De ahí que consideremos el papel relevante que adquieren tanto la economía circular como la bioeconomía, que en nuestro sector permitirá aprovechar subproductos que hoy se computan como un coste y convertirlos en una nueva fuente de ingresos. Ahora bien, la implementación de estas cualidades requiere al menos dos condiciones previas: de un aparte, el desarrollo de los conocimientos y las tecnologías necesarias; y de otra, la inversión en transformación y creación de los procesos productivos en las que se apliquen los primeros. Ámbitos en los que el Grupo Cooperativo Cajamar está presente con sus estaciones experimentales, su incubadora de empresas y su completa gama de servicios y productos financieros y de seguros adaptados a los diferentes subsectores agroalimentarios. No olvidemos finalmente que detrás de la tecnología siempre hay personas que deben estar preparadas y predispuestas al cambio. Y formadas para llevarlo a cabo. Aquí nos enfrentamos a dos problemas estructurales del sector primario español que dificultan la transformación. El censo agrario ha vuelto a poner de manifiesto que contamos con un sector tremendamente envejecido y con un proceso de relevo generacional de momento insuficiente.

Afortunadamente, las personas que se están incorporando al frente de las explotaciones no solo cuentan con juventud, sino que disponen de unos conocimientos técnicos tanto en el ámbito agronómico como en el tecnológico y de la gestión empresarial; saberes que van a ser indispensables en un futuro inmediato. Como nos decía un viejo cooperativista valenciano hace unos años: “antes, el que no estudiaba se quedaba en el campo; hoy, para quedarse en el campo hay que estudiar”.

En cualquier caso, lograr un aumento de la producción, y hacerlo de una forma más sostenible y garantizando la calidad y salubridad de los alimentos, no es suficiente. Satisfacer las demandas de la sociedad y cumplir con una normativa cada vez más exigente tiene que convivir con unos precios asumibles para los consumidores. Lo que resulta especialmente importante en una coyuntura dominada por la lucha contra la inflación, que en el ámbito de los alimentos supera ya el 14% interanual. Y es especialmente complicado con unos tipos de interés que marcan una clara tendencia al alza, impulsados por las políticas monetarias de los bancos centrales de medio mundo.

A pesar de las dificultades apuntadas, el sector agroalimentario está en la senda adecuada. En el Observatorio del sector agroalimentario de Cajamar se pone de relieve que cada año la superficie de cultivos ecológicos se incrementa y que las emisiones de gases de efecto invernadero generadas en el sector se están reduciendo en España. Es decir, el sector está orientándose hacia una producción cada día más sostenible medioambientalmente.

Volviendo al inicio de este artículo, no debemos olvidar que la sostenibilidad medioambiental no debe ser un compromiso únicamente español o europeo, sino mundial. De poco serviría implantar una política en Europa comprometida con la reducción de emisiones si al mismo tiempo abrimos nuestros mercados a las importaciones de países terceros que no están dispuestos a cumplir los mismos compromisos. La mayor parte de los países europeos somos actualmente productores netos de emisiones a través de nuestro comercio exterior. Es decir, las emisiones generadas por nuestras importaciones superan a las producidas por nuestras exportaciones. Si no hay reciprocidad por parte del resto de países, esta situación se agravará, con el coste añadido de una reducción de la producción europea, mucho más controlada desde el punto de vista medioambiental, que se sustituiría con producciones de terceros países, donde no existen los mismos compromisos y donde, por tanto, son menos eficientes y sostenibles.

De poco serviría implantar una política en Europa comprometida con la reducción de emisiones si al mismo tiempo abrimos nuestros mercados a las importaciones de países terceros que no están dispuestos a cumplir los mismos compromisos

En definitiva: la mitigación de los efectos del cambio climático es cosa de todos. Porque todos debemos ser cada día más sensibles y buscar, como decía al principio, una reducción en la utilización de inputs, no ya por el imperativo legal, sino por una cuestión de eficiencia, posicionamiento y rentabilidad. Y tendremos que insistir también en el necesario desarrollo de la economía circular y la bioeconomía para cerrar nuestros ciclos, especialmente el del agua, que tan escasa es en gran parte de nuestro país. La innovación, el conocimiento y las nuevas tecnologías son los grandes aliados, y la colaboración entre las administraciones, las empresas y las personas será la clave para conseguirlo.

(*) Presidente de Cajamar.

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